Viendo a Dios en todo cambio
por Raymond Teague
Reimpreso de La Palabra Diaria de junio del 2003
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página principal Todo tiene su tiempo.
En 1985, yo vivía en una casa grande de dos pisos en Fort Worth, Texas, con mi esposa Sylvia y Alexandra, mi hija de diez años. Yo trabajaba en el periódico Fort Worth Star-Telegram como escritor y editor. Con frecuencia, mi familia me acompañaba cuando yo tenía asignaciones especiales. Un día, estando al sur de Texas, recibimos noticias de que nuestra casa se había quemado completamente.
El pararme sobre las cenizas de lo que fue nuestro hogar fue una experiencia traumática. Pero también fue una oportunidad de gran crecimiento para mí ya que me di cuenta de la bondad de la gente que abrió sus corazones a nosotros en nuestro momento de crisis. Aprendí a ver a Dios en una situación tan difícil.
En esos días un amigo nos dio un ejemplar de un libro llamado The Game of Life and How to Play It (El juego de la vida y cómo jugarlo) escrito por Florence Scovel Shinn, una escritora metafísica de los años veinte. Ella enfocaba la vida de un modo muy parecido al de Unity: saber que todo está en orden divino, que todo es bueno, que todo se desarrolla como debe ser, y que Dios es omnipresente, en todo y en todos.
Según acogía este enfoque positivo de la vida, aprendí sobre el bien implícito en el cambio. Antes del incendio, Sylvia y yo habíamos pasado por un período de “descontento divino”. Queríamos renunciar a nuestros trabajos y buscar algo nuevo, pero no queríamos abandonar la seguridad de nuestra zona de comodidad. Una vez que el seguro pagó el reclamo del incendio, ya no teníamos razones para no comenzar una nueva vida. Decidimos un cambio radical y nos fuimos a vivir en un área rural montañosa en Arkansas y nos sentimos increíblemente libres.
Comencé a comprender que el cambio es una constante, una parte de la vida. Luego me di cuenta de que es en verdad creación. El crear es algo muy emocionante, satisfaciente y nuevo. De modo que vi el cambio como la energía y substancia de Dios que constantemente se crea y renueva a sí misma.
Durante los años que pasamos en Arkansas, Sylvia y yo trabajamos por nuestra cuenta como escritores y editores de libros de texto. Cuando las condiciones de la in-dustria de libros de texto comenzó a cambiar, se hizo evidente que yo necesitaba conseguir un trabajo a tiempo completo.
Sylvia y yo comenzamos a explorar la espiritualidad y fuimos guiados a una iglesia de Unity. Yo quería comenzar a trabajar con ideas más espirituales, así que oré: “Úsame Dios. Siento que estoy listo para usar mis credenciales de escritor y editor en trabajo espiritual, y no puedo ver cómo voy a lo-grarlo viviendo en la cima de una montaña en Arkansas”.
En mi búsqueda, llamé a la sede mundial de Unity School en Missouri, y ese mismo día publicaban la posición de editor adjunto de libros de Unity. Me emplearon como editor adjunto, y trabajaba con ideas espirituales por medio de los libros de Unity, aquellos que ayudaba a editar y los que yo mismo escribí, para ayudar a las personas a estar más conscientes de su esencia divina y de la presencia del Cristo morador. Todo esto fue posible porque me abrí a un mayor bien.
Sylvia y yo tuvimos una relación notable y maravillosa durante nuestros treinta años de matrimonio. En 1998 le diagnosticaron leucemia y falleció en el otoño del 2001. Durante ese tiempo cuando pasaba por los retos de la leucemia y luego cuando le diagnosticaron un tumor cerebral, ella mantuvo una actitud magnífica frente a la vida.
Sylvia fue una inspiración para mí y para muchos otros, porque sin importar cuántas facultades perdía y cuánto avanzaba su enfermedad, ella agradecía cada día lo que tenía para ese día, y daba gracias por el amor de familiares y amigos.
Cuando enfocamos la vida desde ese punto de vista, podemos enfrentar lo que la vida nos presente. En nuestra situación como seres humanos, consideramos la muerte como el último cambio, pero aun cuando se presenta, podemos saber que es parte del orden divino de vida eterna.
Este tipo de actitud no causa que nos rindamos, nos alienta a apreciar la vida aún más. Generalmente, tendemos a apreciar lo que se conoce como cosas buenas que ocurren en la vida y no lo negativo, lo que llamamos el mal. Pero debemos ir más allá de clasificar las cosas y saber que Dios está creando todo lo que sucede, que Dios se expande continuamente.
Sí, nos afligimos. Vamos con nuestras emociones tan profundo como queremos en cualquier proceso de aflicción que pasemos. Nos afligimos si perdemos nuestra casa u hogar, si perdemos el trabajo, si perdemos a un ser querido, y esa aflicción es muy profunda. Pero al mismo tiempo, nos damos cuenta de que la aflicción no lo es todo, que lo que parece el final en medio de un cambio no es tal final. La energía creativa y espíritu de Dios continúan activos en lo que esté sucediendo.
Ayudé a cuidar a Sylvia durante este momento de su transición y vi cómo ella trataba de aceptar que iba a dejar a su familia y amigos. Con su ejemplo, ella me enseñó y enseño a otros a enfocar la muerte desde un punto de vista positivo y espiritual.
Durante esos mismos días, yo asistía a un entrenamiento ministerial interdenominacional, y en mí ardía el deseo de dedicarme más a la gente que estaba a punto de pasar por cambios significativos en sus vidas. Yo quería ayudar a otros a ver a Dios en medio de lo que ocurriera.
Ahora estoy en un programa de entrenamiento en capellanía en California. Pienso que ésta es la ruta que me ayudará a llevar a cabo las lecciones que he aprendido. Puedo motivar a otros a estar agradecidos por las bendiciones que tenemos en el momento, a vivir en el ahora y a estar consciente de Dios como nuestra fuente.
En mi trabajo como capellán, trabajo en hospitales con pacientes, sus familiares y con personal del hospital. Creo que ser un capellán me ayuda a ser un instrumento de Dios y a decir sí a los modos como Dios desea utilizarme. Y, para mí, es un modo de honrar a Sylvia. |