por Jerry Dahmen
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principal de Autoaceptación.
Reimpreso del artículo de La Palabra Diaria del junio del 2002
Cuando crecía en Sioux Falls en Dakota del Sur, soñaba con ser locutor de radio y hasta tener mi propio programa. El comentarista de radio Earl Nightingale fue mi inspiración. Él tenía un programa llamado Our Changing World (Nuestro mundo cambiante).
Su voz y su mensaje siempre demostraron una ac-titud positiva y determinada, lo cual me cautivaba. Yo lo escuchaba a diario y me visualizaba al frente de un micrófono, hablando con determinación y con voz confiada. No comenté mis sueños con nadie, porque no quería que sintieran lástima por mí ni que se rieran de mí. Lo que hacía que mi sueño pareciera imposible era que yo tenía un impedimento del habla.
En el séptimo grado me inscribí en una clase obligatoria de oratoria, la cual era bastante difícil porque el profesor era muy exigente. Un día, él me llamó para que leyera un texto de Shakespeare. Me sonrojé de vergüenza cuando me paré al frente del aula y abrí el libro. Cuando leí palabras que Shakespeare había escrito, soné como un personaje de caricaturas.
La reacción inmediata, no sólo de mis compañeros sino de mi profesor también, fue de risas y burla. Cuando la clase termi-nó, prácticamente corrí a mi casa llorando. Necesitaba ayuda inmediata. Busqué en la guía telefónica y conseguí cuatro patólogos del habla. Comencé a hacer llamadas y pedir ayuda, pero en todos los casos, la respuesta fue no, hasta que hablé con la última persona en mi lista.
¡Hay esperanza!
Mary Patterson era profesora de comunicación en el Sioux Falls College. Ella me escuchó y luego me pidió que fuera a su aula la semana siguiente. Así fue, y por primera vez en mi vida, me dijeron que había esperanza para mí. La señora Patterson me dijo que si yo estaba dispuesto a esforzarme como nunca antes lo había hecho, podría aprender a hablar y llegar a ser locutor de radio.
Trabajando semana tras semana, mes tras mes, nos fijamos una meta: que yo participara en un concurso de oratoria. Practiqué en el sótano de mi casa, leyendo en voz alta periódicos, la Biblia y libros de sabiduría que obtuve en la biblioteca. Mis palabras sonaban muy poderosas según reverberaban en las paredes de piedra de mi sótano.
Progresando
Apasionadamente, hice lo que siempre tuve miedo de hacer: hablar. El próximo paso fue hablar en público. Al progresar en vencer mi problema del habla, me sentí con mucha más confianza. La señora Patterson estuvo de acuerdo en que ya yo estaba listo para participar en un concurso de oratoria organizado por el Optimist Club (Club Optimista). Escribí un discurso de cinco minutos y lo memoricé. Yo era uno de los quince participantes y nuestros padres y familiares llenaban la sala. La gran mayoría de los participantes eran mayores que yo, pero cuando me levanté en frente del grupo, nadie se rió. Los asistentes en verdad me pusieron atención, lo que me hizo sentir más confianza. Hubo una persona a quien miré varias veces durante mi discurso. Cada vez que la señora Patterson movía su cabeza en señal de aprobación de lo que yo hacía, me sentía como si estuviera en la cima del mundo, y gané el tercer premio. De repente, mi familia y otras personas comenzaron a darse cuenta de cómo este muchacho de doce años se había transformado frente a sus ojos.
En busca de mi sueño
Continué trabajando con la señora Patterson y leía en voz alta y practicaba técnicas de respiración. Ofrecí mis servicios voluntarios de orador a los clubes de servicio en Sioux Falls. Vistiendo mi mejor traje, yo hablaba dondequiera y en cualquier momento que me escucharan.
Continuando mi sueño de trabajar en la radio, obtuve trabajo tocando discos y haciendo limpieza en una estación de radio local cuando tenía quince años. Daba pequeños pasos hacia el logro de mis sueños, aumentando mi confianza personal según proseguía. Comprendí que podría lograr lo que podía concebir y creer. Eso me motivó en la carrera que siempre quise y que al final logré. Llegué a ser director de noticias de una estación radial local. Quise inspirar a la gente tanto como Earl Nightingale me había inspirado e inspirado a muchos.
Un muchacho que amaba la vida
Continué preguntándome qué podía hacer respecto a esto, y recibí una carta de Dean Zimmer, un muchacho de dieciséis años que era baterista profesional. Lo extraordinario de él es que no tenía brazos. Usaba prótesis cuando tocaba. Su historia fue tan interesante que tuve que conocerlo. Cuando lo conocí y lo escuché tocar, su talento y entusiasmo me maravillaron.
Radié una de sus grabaciones en la batería y pensé en un concepto para mi programa: I Love Life (Amo la vida), el cual presentaría relatos de personas como Dean quienes debido a su actitud positiva, pudieron vencer grandes obstáculos y apreciar y amar la vida verdaderamente.
He presentado Amo la vida en Nashville por más de dieciséis años. Aunque entrevisto a mucha gente célebre de la música country, la actitud de la audiencia ha sido más positiva cuando he presentado a gente común que habla sobre cómo ha superado crisis en sus vidas. He sido muy afortunado de ganar varios galardones a través de los años. Y doy gracias a Dios por Mary Patterson, por haberme enseñado no sólo a hablar en público, sino también a creer en mí. Creo que honro a la señora Patterson cuando ayudo a las personas a tener confianza en que es posible lograr lo que desean si creen firmemente en su meta, si se dedican a lograrla y si tienen, por supuesto, gente cariñosa que las aliente. |