En un vínculo divino, estoy en unidad con un mundo de belleza natural.
Al vincularme con la belleza natural y su renovación, descubro un lugar sagrado en ella para mí. Respiro profundamente, relajo mi cuerpo y luego descanso a la sombra de los árboles. Una suave brisa agita las hojas y la luz del sol baila delicadamente en mi cara. Exhalo y me siento en paz.
Al respirar la frescura de la tierra llena de potencial, me lleno de regocijo. Siento profunda admiración por el regalo de Dios de la belleza, un patrón de promesa, cambio y vida. El orden divino está presente en esta estación gloriosa. Por medio de un vínculo divino, estoy en unidad con un mundo de belleza.
Después me aquieto, tanto como la primera caída de nieve que pronto dará paso a todavía más belleza y cambio.
“Porque Jehová, tu Dios, te introduce en la buena tierra, … tierra de trigo y cebada, de vides, … tierra de olivos, de aceite y de miel.”—Deuteronomio 8:7, 8 |