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Dejando a Dios actuar por medio nuestro
(Una historia especial, publicada por primera vez en La Palabra Diaria de abril del 2003.)

por Sandi Bachom

Tengo cincuenta y ocho años y soy una alcohólica en recuperación que ha estado sobria por dieciséis años. Aun cuando tomaba, pude continuar mi carrera como productora de comerciales de televisión y directora de producción radial en agencias de publicidad. Yo me encontraba en un estado en el cual refutaba ser alcohólica.

Yo tomaba diariamente para matar aquello que sentía, ya fuera bueno o malo. En uno de mis libros afirmo: “Para un alcohólico lo único peor que la mala fortuna es la buena fortuna”. Cuando nos suceden cosas buenas, somos incitados a tomar al igual que cuando nos suceden cosas malas.

El alcoholismo es una enfermedad progresiva. Tomé hasta tener más de cuarenta años. A la larga mi esposo buscó asesoría en el departamento de ayuda al empleado de su compañía porque ya no me soportaba y quería disolver el matrimonio. Él habló con el consejero, quien a su vez era un alcohólico en recuperación, y éste sugirió que lo primero que mi esposo debía hacer era alentarme a conseguir ayuda.

En ese momento la gracia de Dios se hizo presente. Dios habló por medio de este hombre y de mi esposo para decirme que yo necesitaba ayuda.

Dejé de tomar. Me di cuenta de que lo que me hacía una alcohólica era que una vez que tomaba el primer trago, no podía parar. Me he mantenido sobria un día a la vez ya que no he tomado ese primer trago. Mi sobriedad me dio una nueva vida y una nueva vida vino a mi mundo cuando nació mi hijo.

Crecimiento espiritual
Mi esposo y yo nos divorciamos unos años después. Aunque fue una separación amigable, fue dolorosa. Un día oí a alguien decir: “El dolor me llama de regreso al hogar de Dios”. He aprendido que el dolor es la prueba de crecimiento espiritual y que en verdad me ha llamado de regreso al hogar de Dios.

Hace dos años tuve otra oportunidad de crecer espiritualmente: perdí mi trabajo en una agencia de publicidad en New York. Mi último día de empleo fue el 10 de septiembre del 2001.

Pero el no tener trabajo fue una bendición, porque pude servir de voluntaria en los muelles Chelsea un día después de la tragedia del World Trade Center. Fui sólo a donar sangre, pero me quedé como voluntaria por una semana. Esa experiencia me cambió y cambió mi vida completamente. Durante esa primera semana en los muelles, conocí a muchas personas extraordinarias: bomberos y trabajadores del acero, miembros de cuerpos de rescate y consejeros, doctores y gente que proveía ropa y comida.

Sin darme cuenta, les decía a todos: “Dios te bendice”, ya que el aspecto espiritual de lo que sucedía me conmovía profundamente.

Una de mis expresiones favoritas es: “Las  coincidencias no existen, sólo existen si-
tuaciones donde Dios decide permanecer anónimo”. El 4 de septiembre tuve la oportunidad de vivir una de esas coincidencias: conocí al capitán Patrick Brown, uno de los bomberos más condecorados en el departamento de bomberos de la ciudad de New York. Él murió el 11 de septiembre en el World Trade Center. Fui a su funeral en la catedral de St. Patrick junto con otras treinta y cinco mil personas. El alcalde Giuliani lo elogió y fue un momento conmovedor. Él fue la única persona a quien conocí personalmente que murió en la tragedia.

La-menté lo que le sucedió a Pat Brown, a la ciudad de New York y a todos los que perdieron la vida. Mi aflicción fue profunda, pero me imagino cuál sería la aflicción de aquellos que perdieron a sus familiares y amigos.

Teniendo feTengo cincuenta y ocho años y soy una alcohólica en recuperación que ha estado sobria por dieciséis años. Aun cuando tomaba, pude continuar mi carrera como productora de comerciales de televisión y directora de producción radial en agencias de publicidad. Yo me encontraba en un estado en el cual refutaba ser alcohólica.
Yo tomaba diariamente para matar aquello que sentía, ya fuera bueno o malo. En uno de mis libros afirmo: “Para un alcohólico lo único peor que la mala fortuna es la buena fortuna”. Cuando nos suceden cosas buenas, somos incitados a tomar al igual que cuando nos suceden cosas malas.
El alcoholismo es una enfermedad progresiva. Tomé hasta tener más de cuarenta años. A la larga mi esposo buscó asesoría en el departamento de ayuda al empleado de su compañía porque ya no me soportaba y quería disolver el matrimonio. Él habló con el consejero, quien a su vez era un alcohólico en recuperación, y éste sugirió que lo primero que mi esposo debía hacer era alentarme a conseguir ayuda.
En ese momento la gracia de Dios se hizo presente. Dios habló por medio de este hombre y de mi esposo para decirme que yo necesitaba ayuda.
Dejé de tomar. Me di cuenta de que lo que me hacía una alcohólica era que una vez que tomaba el primer trago, no podía parar. Me he mantenido sobria un día a la vez ya que no he tomado ese primer trago. Mi sobriedad me dio una nueva vida y una nueva vida vino a mi mundo cuando nació mi hijo.

Crecimiento espiritual

Mi esposo y yo nos divorciamos unos años después. Aunque fue una separación amigable, fue dolorosa. Un día oí a alguien decir: “El dolor me llama de regreso al hogar de Dios”. He aprendido que el dolor es la prueba de crecimiento espiritual y que en verdad me ha llamado de regreso al hogar de Dios. Hace dos años tuve otra oportunidad de crecer espiritualmente: perdí mi trabajo en una agencia de publicidad en New York. Mi último día de empleo fue el 10 de septiembre del 2001.
Pero el no tener trabajo fue una bendición, porque pude servir de voluntaria en los muelles Chelsea un día después de la tragedia del World Trade Center. Fui sólo a donar sangre, pero me quedé como voluntaria por una semana. Esa experiencia me cambió y cambió mi vida completamente.
Durante esa primera semana en los muelles, conocí a muchas personas extraordinarias: bomberos y trabajadores del acero, miembros de cuerpos de rescate y consejeros, doctores y gente que proveía ropa y comida.
Sin darme cuenta, les decía a todos: “Dios te bendice”, ya que el aspecto espiritual de lo que sucedía me conmovía profundamente.
Una de mis expresiones favoritas es: “Las  coincidencias no existen, sólo existen si-
tuaciones donde Dios decide permanecer anónimo”. El 4 de septiembre tuve la oportunidad de vivir una de esas coincidencias: conocí al capitán Patrick Brown, uno de los bomberos más condecorados en el departamento de bomberos de la ciudad de New York. Él murió el 11 de septiembre en el World Trade Center. Fui a su funeral en la catedral de St. Patrick junto con otras treinta y cinco mil personas. El alcalde Giuliani lo elogió y fue un momento conmovedor. Él fue la única persona a quien conocí personalmente que murió en la tragedia. La-menté lo que le sucedió a Pat Brown, a la ciudad de New York y a todos los que perdieron la vida. Mi aflicción fue profunda, pero me imagino cuál sería la aflicción de aquellos que perdieron a sus familiares y amigos.

Teniendo fe
Después del 11 de septiembre, supe que mi vida tenía un propósito mayor: dejar a Dios hablar y obrar por medio de mí. Eso requiere fe. A veces parece que lo que me queda es sólo una gota de fe, pero es la fe lo único que ha ayudado a mi alma a superar noches muy desagradables. Sé que sin importar por lo que pase, Dios me cuida y no tengo que mirar atrás. Dios no me va a abandonar después de haberme traído a este punto.

Mi vida es mucho más sencilla ahora. Ya no me encontraré rondando los bares del Bowery a menos que comience a tomar de nuevo, lo que sería mi decisión.
Hasta ahora he decidido no ir por ese camino. Creo que Dios cuida de mí, de lo contrario no hubiese traído gente tan extraordinaria a mi vida. Dios tampoco me hubiese permitido presenciar y vivir el modo como Él habla y obra por medio de la gente.

Tengo una vida espiritual muy abundante e invoco al Dios de mi comprensión. Tengo un hijo de quince años, y mi ex esposo y yo nos llevamos muy bien. Antes del 11 de septiembre no era parte de mi vocabulario decir: “Dios te bendice”. Ahora se lo digo a toda persona con quien me encuentro. Y si algún día me encuentro contigo, te diré: “Dios te bendice”.

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