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Una decisión dadora de vida
por Jeff Leone

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Cuando el médico me informó que yo tenía una enfermedad renal, me explicó que en aproximadamente veinte años yo quizás necesitaría diálisis o un transplante de ri-ñón. Pero apenas once años después, mis riñones fallaban. Mi esposa Robyn y yo habíamos tenido una hija, Jordan, y yo había cambiado de carrera comenzando un curso de postgrado magisterial.

Me hicieron diálisis por sólo dos meses, y me sentí afortunado porque ya estaba en lista para un transplante de riñón. Mi hermano Dirk iba a ser donante, pero el último examen reveló que debido a su estructura tan intrincada de venas y arterias, sacarle un riñón podía poner su vida en peligro.

Me sentí agobiado. Había tenido tanta fe en Dios y no comprendía por qué la fe no respondía. La respuesta llegó ocho semanas después: una noche de repente comencé a sangrar internamente y Robyn me llevó de emergencia al hospital donde me dieron transfusiones de sangre. La segunda vez los médicos finalmente descubrieron que la razón de la hemorragia era un tumor canceroso en el intestino delgado.

Si hubiera recibido el transplante, me hu-bieran dado medicamentos para inhibir

mi sistema inmune y evitar el rechazo del nuevo riñón. Eso hubiera causado que yo

no tuviera defensas contra el cáncer y, de acuerdo con los médicos, pudiera haber muerto en seis meses.

De repente vi que la demora en recibir el transplante era parte del plan de Dios. El tumor fue extirpado con cirugía, y pude evitar la quimoterapia y la radiación. Pero a causa del cáncer, no sería elegible para un transplante por un período de dos a cinco años. Los médicos necesitaban estar seguros de que el cáncer no recurriría antes de inhibir mi sistema inmune. Yo estaba más que decepcionado porque tendría que continuar con la diálisis, pero traté de aceptar que todo continuaba desarrollándose en orden di-vino.

A pesar de mi condición, continué con el postgrado y trabajé durante un verano como patrullero civil en bicicleta. Tenía fe en que podía superar eso. Me dediqué activamente a mejorar mi salud con ciclismo, dieta y tomando líquidos. El apoyo de oración de mi familia y amigos me ayudó a seguir adelante. El ciclismo me sirvió para meditar, lo cual necesitaba. Sin distracciones, pude sentir algunas de mis conexiones más fuertes con Dios.

El regalo de la vida

Después de dieciocho meses y de más investigación acerca de mi tipo de tumor, los médicos decidieron que yo podía recibir un transplante. De nuevo me colocaron en la lista de espera para un riñón. Pasaron meses a medida que uno a uno, mis familiares fueron examinados, pero todos fueron elimi-nados como donantes, así que tuve que enfrentar la perspectiva de diálisis por largo tiempo. Mi fe en el orden divino era puesta a prueba una vez más.

Entonces, una mañana el teléfono sonó: habían encontrado un riñón compatible y operarían esa misma mañana.

Mis lágrimas eran una mezcla de alborozo y tristeza. Un joven de 23 años había muerto en un accidente, y su madre había tomado la decisión de donar los órganos de su hijo en un momento que sin duda alguna era el más trágico de su vida.

Una conexión divina

Durante el primer año la madre del do-nante y yo intercambiamos unas cuantas cartas a través del banco de órganos sin re-velar nuestros apellidos, de acuerdo con la política del banco. Una trabajadora social me había dicho que algunos beneficiarios de órganos se sentían culpables de que al-guien hubiera muerto para que ellos pudieran vivir. La Navidad siguiente, quería hacer un reconocimiento del primer aniversario de mi transplante con una carta a Lena, la madre del donante, pero no pude.

Finalmente, en febrero, ella accedió verme en una carta que me envió. Me dijo que su hijo Christopher había sido una persona que se preocupaba por los demás y le encantaba ayudar a su familia y amigos. Cuando le expliqué que yo iba a ser maestro, ella me respondió que le alegraba saber eso porque al haberme dado vida, su hijo continuaría viviendo en un espíritu generoso. Le di las gracias en mi nombre, y en el de mi hija y mi esposa.

A menudo me he sentido unido a Christopher, dos veces de una manera poderosa. Una vez fue durante un recorrido en bicicleta a beneficio de la investigación de la esclerosis múltiple. El primer día del recorrido era un trayecto de 100 millas. Entrené durante el verano, después del trasplante y estaba en mejor forma que nunca. Al pasar la marca de las 75 millas me sentía fuerte. Le dije a un compañero que estaba a mi lado: "Christopher y yo estamos pedaleando duro y hacía años que no me sentía tan bien".

Cuando crucé la línea de llegada, levanté los brazos y miré al cielo. Sentí que Christopher y yo éramos uno. Me corrían lágrimas por las mejillas, y una mujer que estaba cerca de mí dijo: "Gracias a Dios que terminó, ¿verdad?" "Nada de eso", le contesté. "Estoy haciendo una conexión con la persona que me dio un riñón hace nueve meses, y ya no está más con nosotros en la Tierra."

Al desfilar en mi graduación, me sentí una vez más muy consciente de Christopher. Le di las gracias porque yo ya no necesitaba la diálisis y porque él me dio esta nueva vida. Sentí que no caminaba solo, y parecía que nos graduábamos juntos ese día.

Llevo la foto de Christopher en mi billetera. Continúo dándole gracias a Dios, Christopher y Lena por la vida que está llena del gozo de ser esposo, padre y maestro, y sigo confiando en el orden divino que siempre ha estado activo en mi vida.

Jeff sirvió durante tres años como patrocinador de un grupo de adolescentes en la iglesia Unity de Overland Park en Kansas. Actualmente trabaja como maestro de ciencias y es un atleta que compite en ciclismo, natación y pruebas de pista en los Transplant Games. Jeff, su esposa Robyn y su hija Jordan residen actualmente en Colorado.

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"Hay solamente dos maneras de vivir. Una es como que si nada es un milagro. La otra es como que si todo lo es."
-Albert Einstein

"Porque detrás de todo lo que vemos hay algo mayor; todo no es más que una senda, un portal, o una ventana abriéndose a algo más que sí misma."
-Antoine de Saint Exupery

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