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¡Sí, Dios, yo puedo!
por Bonnie St. John Deane

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Durante mi niñez, viví en un paisaje mental que creé para mí misma. En mi imaginación, era una corredora fuerte y ágil. Era hermosa y popular, y podía lograr cualquier cosa que hubiera querido ser.

En realidad, había nacido con la pierna derecha atrofiada. La pierna izquierda estaba completamente desarrollada, pero la derecha no se había desarrollado completamente y era muy corta. No pude caminar normalmente hasta que tuve seis años de edad, luego de que me sometieron a cirugía para ponerme la rodilla rígida y de haberme amputado el pie derecho para poder ponerme una pierna artificial.

Viviendo en mi mundo imaginario, podía controlar mis pensamientos y sentimientos mientras estaba despierta, pero durante las noches en el hospital, gritaba en mis sueños. Una enfermera venía a despertarme de las pesadillas para que pudiera volver a dormir.

Mucho después en la vida, comprendí lo que había causado las pesadillas. Fue poco después de que mi padrastro murió, cuando yo tenía dieciocho años, que me permití recordar que él había abusado de mí sexualmente. Debido al dolor y trauma emocional había guardado los recuerdos de abuso en los rincones más oscuros de mi mente.

Escapando del dolor

Escapé del dolor leyendo y viviendo en mi imaginación. Leía libros de noche después que todos dormían. Me encerraba en el baño, prendía la luz y leía sentada en el suelo. Leía en el automóvil y en el parque mientras los demás niños jugaban.

Entonces, cuando tenía ocho años, mi madre me dio un folleto. En la portada había una silueta de un esquiador, a quien le habían amputado una pierna, con el siguiente encabezamiento: "¡Si puedo hacer esto, puedo hacer cualquier cosa!" Guardé el folleto en una caja donde guardaba un rizo de pelo de mi perro y una roca del Gran Cañón. En ese momento no me di cuenta, pero la foto del esquiador que había sufrido una amputación me estaba mostrando lo que yo podría hacer algún día.

No me sentía ni popular ni atractiva. No era buena en los deportes, y siempre era la última en ser escogida para los equipos. La capilla de oración de la iglesia episcopal a la que asistía se convirtió en mi santuario. Tenía alrededor de quince años cuando una amiga me invitó a esquiar con ella y su familia. Ella era amable y vivaz, y no cuestionaba que su amiga con una pierna defectuosa pudiera esquiar. Esta amiga cambió mi vida.

Viviendo en el mundo real

Resuelta a salir del paisaje mental que había creado con mi imaginación, comencé a vivir en el mundo real. ¡Quería esquiar! Cuando comencé, no tenía equilibrio ni fuerza, así que me apoyaba en mis pesados bastones de esquí. Traté de esquiar rápido utilizando bastones de esquí normales, pero me caía. Por fin, eché a un lado los bastones, me fui a la colina de principiantes y aprendí a esquiar sin nada en las manos.

El aprender a esquiar con un esquí y sin bastones, me dio mucha fuerza y equilibrio. Luego pude esquiar con bastones, hundiéndolos en la nieve para poder saltar en el aire y dar vuelta. Esta era una manera muy emocionante y libre de esquiar. Para las competencias tenía que utilizar los bastones pesados. Aprendí que no eran muletas, sino herramientas increíbles las cuales me ayudaron a participar abiertamente en los Juegos Olímpicos y ganar.

El gozo y la pasión que sentía mientras entrenaba para esas olimpiadas también me ayudaron a descubrir mi fortaleza espiritual. A veces sentía que utilizaba la oración como muleta. Después, a medida que comencé a acercarme más y más a Dios, comprendí que la oración es una herramienta increíble que me ayudaba a sanar, pero que yo tenía trabajo que hacer por mí misma. Al igual que aprendí a utilizar los bastones de esquí pesados en lugar de apoyarme en ellos, aprendí a trabajar con el poder divino en vez de usar a Dios como muleta.

Entregándole a Dios el pasado

Tengo un esposo maravilloso y una hija preciosa, pero cuando ella cumplió cuatro años -la misma edad que yo tenía cuando fui abusada sexualmente- muchos recuerdos dolorosos volvieron a perseguirme. Hubo momentos en que me sentía tan desanimada, que todo lo que hacía era sentarme a llorar. El amor que yo sentía al conocer la presencia de Dios fue lo único que me ayudó.

Pude haber dejado que esos recuerdos destructivos y las emociones acabaran conmigo y con mi familia, pero comencé a dejarlos ir. Acudí a Dios en oración y Dios me dio fortaleza para sanar. Estoy progresando en mi recuperación, pero todavía me falta. Los recuerdos que he tenido en los últimos años han sido más difíciles que cualquier cosa que haya tenido que enfrentar. Acudiendo a Dios, soy lo suficientemente fuerte no sólo para enfrentar esos recuerdos sino también para vencerlos. Sé que al poder hacer esto, puedo hacer cualquier cosa.

A los dieciséis años, Bonnie St. John Deane era una joven con una pierna y grandes sueños. En un lapso de cinco años, ganó una medalla olímpica en esquí, se graduó en la Universidad de Harvard con honores y fue recipiente de la beca Rhodes. Bonnie ha trabajado para Wall Street en Europa y Asia y es una representante de ventas galardonada de IBM. Escritora, oradora y presidente de SJD&Co., también sirve como vocero para Disabled Sports/USA. Bonnie se ha presentado en NBC Nightly News como una de las cinco mujeres más inspiradoras de la nación.

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-Ivy Baker Priest

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