por Lori Leyden-Rubenstein, Ph.D.
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principal de paz interna.
Hablar con Dios y sentir Su presencia fue fácil y natural para mí cuando era niña. Sin embargo, el ambiente familiar estricto en el que me criaron y la escuela primaria todavía más estricta en la que me educaron retaban mi fe constantemente. Prácticamente, me enseñaron que Dios era un Dios castigador, y sentía temor la mayoría del tiempo. Cuando tenía nueve años, sufría frecuentemente de dolores de cabeza, de estómago e insomnio que continuaron hasta mi edad adulta.
Crecí viviendo como guiada por un piloto automático, forzándome hasta el límite, con trabajos estresantes, adquiriendo grados universitarios más avanzados, tratando de ser perfecta. Cuando estaba en los veinte mis síntomas físicos aumentaron, entre ellos: dolor crónico de espalda, problemas con la articulación de la mandíbula, endometriosis y soriasis. A la larga, me hospitalizaron debido a un problema gastrointestinal grave.
El médico que me estaba tratando me preguntó: "¿Has estado bajo estrés últimamente?" "¿Yo? ¡Oh, no!" respondí. Sin embargo, el contarle todo lo que estaba sucediendo en mi vida, fue como verme en un espejo. Por fin comprendí cuán llena de estrés había sido mi vida y aún lo era.
El despertar de mi espiritualidad
El leer una investigación científica que demostraba lo importante que era la espiritualidad para la curación, me ayudó a comprender lo vital que es la conexión cuerpo-espíritu para la salud.
Comencé a despertar a mi propia espiritualidad y la definí como mi relación con Dios, conmigo misma, con los demás y con la naturaleza. Siempre queriendo ayudar a otros, ahora me daba cuenta de que me había descuidado a mí misma. Ese descuido me había impedido descubrir de nuevo lo que debí haber sabido intuitivamente cuando niña: yo era un ser espiritual creado por Dios y amado incondicionalmente por Dios.
La meditación fue útil para ayudarme a descubrir esto. A medida que comencé a meditar, me dirigí a ese lugar callado en mí donde podía escuchar mi voz interna y sentir mi conexión con Dios.
Después comencé un plan saludable de nutrición y ejercicios. Vi cómo había estado azotándome con pensamientos negativos tales como: Debí haberlo sabido. Eso fue una estupidez de mi parte. No estoy bien.
De cierta manera, había estado rechazando el amor incondicional de Dios al no respetarme a mí misma. Cuando admití lo distorsionada que era mi manera de pensar, pude tener más compasión conmigo mis-ma. Comprendí que podía participar en mi propia curación y disfrutar verdaderamente de salud, gozo y paz interna.
La maravilla de mi libertad
A los tres meses los síntomas relacionados con el estrés desaparecieron. A los seis meses cesó esa sensación de ansiedad que me hacía sentir indigna de paz y felicidad. ¡Me sentí maravillosamente libre! Y así me siento hoy en día.
Mi meta durante los diez últimos años ha sido comunicarme con muchas personas en lo posible para transmitirles el mensaje de que todos tenemos el poder de hacer cambios en nuestras vidas que nos ayuden a vivir con mejor salud, más gozo y paz interna.
Mi intención es enseñar lo que he aprendido a hacer para mí misma. Así que los invito a escuchar a su voz interna: la parte divina en ustedes. Sientan una conexión espiritual con Dios, con ustedes mismos y con los demás. Permítanse sentir paz interna y participar en su propia curación.
En el momento
Animo a la gente a estar consciente de lo que hacen en el momento. El poner nuestra atención en lo que podría fallar o en aquello sobre lo que no tenemos control produce mucho estrés y ansiedad.
Una de las maneras de estar conscientes en el momento es comenzar el día serenamente: vuélvete consciente de tu respiración y de tu cuerpo, piensa en todo lo que tienes que agradecer e inmediatamente imagina con atención cómo quieres que tu día se desarrolle.
Luego mantén ese enfoque, practica respirar profundamente y continúa afirmando que quieres enfrentar el día fácilmente y sin esfuerzo, consciente de lo Divino en todo lo que haces. Antes de poner los pies en el piso, ya has establecido una intención positiva para el día.
Durante el día, trata de dedicar unos momentos de vez en cuando a meditar y respirar profundamente. Esto es muy importante porque puedes darte cuenta de que muchas veces respiras superficialmente o de que inclusive aguantas la respiración, especialmente cuando sientes estrés. Si no respiramos bien, el cuerpo piensa que se está as-fixiando y reacciona al estrés tratando de arreglárselas sin tener suficiente oxígeno, lo cual no es bueno. La respiración es su fuerza vital, y al respirar bien, el cuerpo se equilibra y esto hace que pienses y te concentres más claramente.
Cuando tienes un sentido verdadero de tu conexión divina, tiendes a ver los acontecimientos de la vida como parte de tu camino, parte de tu aprendizaje y crecimiento. Entonces puedes ver que los retos no son amenazas sino oportunidades para utilizar la sabiduría y los talentos que Dios te ha dado.
Cuando te sientas atrapado en un momento de estrés, simplemente respira profundamente, lleva el aire hasta el estómago. Ten presente que estás respirando el aliento de vida de lo Divino. Comprenderás cómo respirar profundamente puede ser una oración que te bendice física, emocional y espiritualmente.
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