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“No es sino hasta que llegas a la comprensión espiritual de quién eres —no necesariamente gracias a un sentimiento religioso, sino al espíritu en ti— que puedes comenzar a tomar control.” —Oprah Winfrey

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Mi caminata con Dios
por Bárbara Jenkins
De La Palabra Diaria de julio del 2001

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Mi vida y mis planes para el futuro cambiaron repentinamente en 1976. Yo hacía mi postgrado en un seminario en Nueva Orleans, Luisiana, cuando conocí a un joven que hacía una caminata a través de Estados Unidos y captaba en fotos sus experiencias para un reportaje de National Geographic. Después de un corto romance, Peter y yo nos casamos.

Al comienzo, pensé que sólo estaba acompañando a mi esposo en su viaje. Pero pronto descubrí que yo andaba en mi propia caminata con Dios, mi propio descubrimiento de Estados Unidos y su gente. Lo agitado de mi vida anterior había desaparecido. Caminando de doce a quince millas por día, día tras día, durante tres años, tuve tiempo para meditar, cantar, orar y leer mi Biblia. Indagué en mi alma para encontrarle significado a mi vida y la vida en general.

Aunque estas respuestas no surgieron instantáneamente, milla a milla pasé por un proceso gracias al cual mi fe aumentó y mi conciencia de Dios se volvió verdadera y am-plia. Mientras caminaba por Estados Unidos, recibí los regalos maravillosos de experimentar la diversidad del país y su gente. Como una esponja, absorbí el medio am-biente: los diferentes paisajes, el frío y el calor extremos, y el ritmo natural de la vida. Cada pueblito tenía una personalidad única, y en el camino conocí a gente maravillosa que hoy en día son mis buenos amigos.

Lo inesperado

En más de una ocasión durante la cami-nata estuve muy cerca de la muerte, y tengo recuerdos vívidos de una de esas ocasiones. Aunque Peter y yo siempre habíamos ca-minado de frente al tráfico, una mañana cálida, entrando a Sandy, Utah, nos cambiamos al otro lado de la carretera donde había sombra, caminando de espaldas al tráfico. De repente oí un fuerte chirrido de llantas detrás de mí, pero antes de que pudiera voltearme, fui golpeada en la espalda y lanzada al aire. Dando tumbos como una mu-ñeca de trapo, caí al suelo.

Fue sorprendente la velocidad de mis pensamientos en esos pocos segundos. Me pregunté si moría, pero esta posibilidad no me alarmó mucho. Estaba consciente de una multitud que me rodeaba y sirenas que se aproximaban. Había caído en el jardín de una funeraria, y el director vino corriendo con un cojín de seda para mi cabeza y una sombrilla para darme sombra. Me llevaron a la sala de emergencia, donde me hicieron radiografías y me examinaron. Fue un milagro: ocho horas más tarde, con sólo unos moretones, salí del hospital y continuamos nuestra caminata. Puede que haya vivido lo que para algunos es un cuento de hadas, sin embargo, también he tenido pérdidas y tragedias en la vida. En 1988 Peter y yo nos divorciamos. Me convertí en una madre soltera y criaba a nuestros tres hijos.

No he sido inmune al dolor ni a otros reveses comunes de la humanidad. Sin embargo, cobramos aliento, porque sabemos que Dios está con nosotros en las cimas de las montañas y en los valles de la vida.

Uno de mis versículos favoritos de la Biblia es de Jeremías: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz y no de mal, para daros el fin que esperáis” (Jer. 29:11). Este versículo me recuerda que a pesar de cuán oscuras puedan estar las nubes hoy, hay esperanza y hay un futuro.

Por supuesto, tratar de compaginar mis propias necesidades y deseos con los de mis hijos no ha sido fácil. He enfrentado la soledad y la responsabilidad de ser una madre soltera. No sólo he criado a mis hijos y me las he arreglado en la vida, he tenido que lidiar con mis necesidades insatisfechas y mis deseos de compañía.

Invitaría a cualquier padre o madre soltero a formar parte de un grupo de alguna iglesia o grupo de apoyo, o a participar en esfuerzos caritativos o comunitarios para tener una vida social saludable. Esto no solamente ayuda al padre o a la madre, sino a los hijos también, porque no se depende de ellos para llenar la necesidad de compañía. Mis hijos todavía necesitan mi guía, pero tengo una vida plena y muchos otros intereses. Estoy trabajando en proyectos que incluyen libros, videos y reseñas biográficas para revistas, y escribí una historia acerca del cantante de música country Tim McGraw.

Una idea de inspiración divina

Hace algunos años, tuve la idea de formar un grupo de mujeres. Pensé acerca de ello por meses, poniendo excusas de por qué no iba a funcionar. Entonces me decidí: quizás ésta sea una idea inspirada a la que necesito prestar atención.

Compartí la idea de “12 mujeres” con al-gunas amigas que a su vez sugirieron otras que podrían estar interesadas. Envié invitaciones y en dos semanas, once mujeres se habían unido al grupo y otras llamaban para unirse.

Hicimos un compromiso de un año y co-menzamos a reunirnos semanalmente en mi casa para estudiar diferentes libros, entre ellos libros sobre el manejo de finanzas, la depresión y la Biblia. Tenemos discusiones animadas y oramos juntas. Después de tres años, ahora nos reunimos mensualmente para mantenernos en contacto y disfrutar de las comidas que todas preparamos.

La diversidad de nuestro grupo es una ventaja; representamos diferentes edades, vocaciones, experiencias y religiones. Somos como un pequeño núcleo de vida que apoya a cada persona que está dispuesta a ser parte de él y contribuir a él. Mi propia peregrinación continúa al ayudar a organizar grupos de “12 mujeres” en todo el país para mujeres que necesitan amistad y hermandad. Las personas que he reunido y con las que continúo reuniéndome me ayudan y me inspiran, y espero hacer lo mismo por ellas. Bien sea caminando por todo Estados Unidos, escribiendo, criando hijos, escalando montañas o cruzando valles —lo que sea— Dios está conmigo. Doy gracias a Dios por mi vida, ¡una vida que nunca había sido tan emocionante!

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“Bástate mi gracia” —2 Co. 12:9.

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