Una voz para quienes no la tienen

por Erin Wilson

 

Mi vida no es en absoluto lo que imaginaba que sería. Siendo una jovencita, viajé, pasando mucho tiempo en la India y recorriendo Alaska con una mochila. Me imaginé que viviría en una cabaña en las Montañas Rocosas y dedicaría mucho de mi tiempo a excursiones, a la naturaleza y a la meditación. Incluso conocí a mi esposo, Bruce, en un centro de meditación.

Mas la verdad es que casi nunca tengo un momento tranquilo —y nunca voy de excursión. A los 46 años, mi vida no es lo que pensé que sería. Es mejor. Tres años después del nacimiento de nuestra hija Grace, di a luz a nuestro hijo Jay. Cuando Jay tenía aproximadamente dos años y medio de edad, Bruce y yo empezamos a sospechar que algo no estaba bien. Pensábamos que debería hablar más. Él inte- ractuaba de manera diferente con los juguetes —los sostenía constantemente pero rara vez jugaba con ellos.

Cuando Grace estaba en kínder, consultamos con el terapeuta del habla de su escuela acerca de Jay. Después de evaluarlo, nos enteramos de que tenía un retraso. Cuando cumplió tres años, lo inscribimos en educación especial.

Jay empezó a decir frases, pero eso no duró mucho. Tuvo una regresión sustancial y perdió el habla. Él empezó a correr por toda la casa gritando y comportándose de maneras que no había mostrado antes. Cuando Jay fue diagnosticado con autismo, estábamos devastados y con el corazón roto. Yo quería esconderme en una habitación oscura y llorar, pero Bruce y yo sabíamos que teníamos que salir adelante juntos y apoyar a nuestro hijo. Consultamos con una madre de un niño autista que nos dijo, paso a paso, qué hacer para obtener ayuda.

Hemos trabajado arduamente para darle a Jay la mejor vida posible y mantenerlo seguro. Es por eso que en el año 2011 nos afligimos tremendamente cuando Jay se perdió en su escuela. Otra madre lo encontró en los jardines, justo en la puerta. Ella conocía a Jay, sabía cómo acercársele y pudo llevarlo de la mano hasta la oficina. En otra ocasión, se perdió en un campamento.

Estas situaciones atemorizantes nos llevaron a fundar If I Need Help (Si Necesito Ayuda), una organización sin fines de lucro destinada a mantener a niños y adultos —especialmente aquellos con necesidades especiales— seguros en situaciones potencialmente peligrosas.

Cuando se nos ocurrió la idea de If I Need Help, Bruce y yo estábamos intercambiando ideas; buscando maneras de mantener a las personas como nuestro hijo seguras. Fue entonces que esta idea divina pudo establecerse.

Creamos una variedad de productos: parches, prendedores, clips y hasta etiquetas de calzado con un código especial. Cuando la persona es encontrada, el código puede ser escaneado con un teléfono inteligente o tableta, o el número puede ser introducido en nuestro sitio web para tener acceso a la información. Estos productos pueden, literalmente, salvar vidas.

En agosto, una mujer llamada Denise Carter compartió una desgarradora y conmovedora historia en su página de Facebook: “Y luego ellos crecen”. Denise conducía a McDonald’s con su hijo ya adulto, Matthew, quien tiene síndrome de Down, autismo y no habla. Una mujer hablando por celular se pasó una luz roja y los chocó. Aunque Denise estaba inca- pacitada, estaba lo suficientemente alerta para saber que su hijo, aunque ileso, no iba a poder comunicarse.

Después del accidente, Denise encontró nuestra organización. En la historia que compartió en Facebook, ella mencionó nuestros productos. Su historia, la cual está publicada en nuestra página web ifineedhelp.org, se volvió viral. En pocos días, tuvimos más de mil pedidos y las membresías en nuestro sitio web se cuadruplicaron.

He sentido mucha tristeza por la discapacidad de mi hijo, mas mi fe se ha mantenido firme. Mediante nuestra organización, creo que estamos sirviendo un propósito mayor, uno que yo nunca hubiera imaginado por mí misma. Con sus 13 años, nuestro Jay es un niño grande. Él acaba de empezar la secundaria y encuentra alegría soplando burbujas. Le encanta correr, saltar y está obsesionado con el agua. Le gusta cuidar de las personas. Le encanta darme de comer. Él es muy dulce.

Pero Jay también tiene una gran ansiedad. Conducimos alrededor de los cañones cerca de nuestra casa en Santa Clarita, California, porque es uno de sus pasatiempos favoritos. Cuando su ansiedad se intensifica, me pongo a cantar. Aunque él habla muy poco, Jay se une al canto. En poco tiempo, él logra calmarse.

En ocasiones, cuando está agitado, lo siento en el sofá, pongo sus manos en su regazo, cierro sus ojos y meditamos. Aunque él no permanece por mucho tiempo allí, esa práctica cambia toda su conducta. Este tipo de experiencias me dicen que él es un jovencito muy espiritual. Siempre he sentido que al final de mi vida, voy a decir que Jay fue quien le dio propósito. 


Erin Wilson es cofundadora de la organización sin fin de lucro IfINeedHelp.org con su esposo Bruce. Su hijo Jay tiene autismo severo. Crear If I Need Help ha sido una labor de amor para protegerlo a él y a otras personas con necesidades especiales. 

Este artículo apareció en la edición de Marzo Abril de La Palabra.