Una Palabra Bien Dicha

Billie Freeman

Acabábamos de poner el anuncio de “Se vende” en el jardín de la casa cuando un amigo y vecino dijo: “Ay, eligieron un mal momento para poner su casa en venta. Al voltear la esquina hay dos casas que han estado a la venta por meses. Las casas aquí parece que no se venden”.

¿Has oído comentarios como ése alguna vez? ¿Te recuerdan cosas que has oído o dicho?

Por ejemplo, con respecto a la casa —la cual fue vendida a su debido tiempo y para la satisfacción de todos los interesados— el pensamiento plantado por el comentario negativo no nos hizo ni más felices ni más descansados acerca de la transacción.

Quizás al leer estas palabras, pensarás en las veces en que has sido culpable de haber dicho las palabras equivocadas o de decir algo que no añadía nada a la situación. No pierdas tiempo y energía al retroceder en pensamiento o desear que pudieras retractar tus palabras. Más bien, decídete a comenzar donde estás y haz que las palabras de tu boca y la meditación de tu corazón sean aceptables ante Dios.

Trata de comenzar tu día con una idea, una palabra, una meditación que sea positiva, edificante y que te anime.

Mantén los oídos abiertos a las palabras que dices. Escúchalas.

Yo lo puse en práctica; me escuché un día desde las primeras palabras que decía en la mañana hasta las últimas que decía en la noche. Aunque me oía a mí misma,  tomé más conciencia del tono y la inflexión de las palabras en sí. Para hablar de la manera que quería, para expresar las ideas que deseaba expresar, necesitaba estar segura de las meditaciones de mi corazón. Encontré que orar por las palabras de mi boca era la mejor manera de establecerme en la manera correcta de habla.

Dios en ti conoce la sinceridad de tu corazón y tus deseos verdaderos y la sabiduría divina te dará las palabras para transmitir tus ideas a otros de maneras en las cuales no los molestes ni los perturbes, de maneras que no siembren preocupación ni duda. Cuando tus palabras son constructivas, encuentras que tu reacción es constructiva. Si durante el día expresas solamente ideas positivas por medio de buenas palabras, al final del día te sentirás increíblemente contento. ¿Por qué? Porque para decir palabras útiles, primero debes tener pensamientos constructivos y éstos tienen una influencia interna a medida que los expresas.

Cuando pienso en la importancia de nuestras palabras, pienso en Jesús. Las palabras que Él habló llevaron a otros a seguirlo, a dejar su manera de vida y llevar una vida mejor y más fructífera. Las palabras que Él dijo trajeron de nuevo a la vida a un amigo, alimentaron a la multitud, dieron nueva esperanza a un ladrón. Estas palabras deben haber sido bien elegidas, útiles, llenas de amor. Nunca podríamos pensar de Jesús como hombre quejándose, lamentándose de su fe o diciendo chismes.

Como Jesús, puedes mantenerte a tono con Dios. Puedes aprender a ser paciente contigo mismo; puedes aprender a observar y escuchar. A medida que aprendes a centrar tus pensamientos en Dios, tus palabras serán más amorosas, útiles y constructivas. Observar nuestras palabras no sugiere que debes ser taciturno y crítico. ¡Completamente lo contrario! Puedes ser una persona de comprensión, una persona quien ama y disfruta de la compañía de los demás, una persona quien percibe los seres reales y verdaderos de los demás.

Al observar tus palabras, te probarás a ti mismo cuanto de la bondad de Dios está en tu mundo, en otros —¡y cuánto de la bondad de Dios está en ti!