Un pececito que ni siquiera era dorado

Un pececito que ni siquiera era dorado
James Dillet Freeman

En mi jardín construí dos estanques no profundos para lirios de agua y puse pececitos dorados en ellos. Se multiplicaron. Pero los perros arruinaron los estanques, así que en el otoño los vacié y regalé los pececitos.

Luego ese mismo otoño, llovió mucho y en el invierno nevó mucho. Había dos o tres pulgadas de agua en el fondo de los estanques. Debe haber estado congelada por lo menos un mes y debe haberse congelado y descongelado varias veces. Puede que haya habido ocasiones en que los estanques estuvieran secos.

Cuando vino la primavera, salí un domingo por la tarde para medir los estanques, porque tenía la intención de reconstruirlos. Medí el más grande y luego fui al más pequeño. No tenía agua. Había llovido la semana anterior, así que no sabía cuánto tiempo había estado seco. Había unas áreas pequeñas medio secas y pantanosas en el fondo.

Sobre este fango, en el sol, de lado y sin respirar, había un pececito dorado como de tres pulgadas de largo.

Todavía recuerdo mi sorpresa al verlo, allí en medio de ese estanque vacío, brillando en el sol, un pececito rojo-dorado. Tiene que estar muerto, pensé. Pero casi cuando lo pensé, algo en ese pez dijo: “No, no, estoy vivo. Levántame”.

Corrí a la casa y llené un vaso con agua. Levanté al pececito —¡y abrió la boca! Lo metí en el vaso con agua, y por mucho tiempo no se movió. Me di cuenta de que le faltaba una aleta y tenía parte de la cola dañada.

Saqué al pez del vaso y lo metí en un recipiente más grande. Durante varios días casi no mostró señales de vida, pero poco a poco recobró su vitalidad, y en una semana, el pececito estaba rebosante de vida. Pasaba el tiempo nadando rápidamente en el recipiente y tratando de empujar el vidrio.

Cuando lo coloqué de nuevo en el estanque con los lirios de agua, vivió allí como si supiera lo valiosa que es la vida y no iba a desperdiciar ni un momento de ella.

¿Cómo había sobrevivido ese invierno de congelación, descongelación y sequía? Es difícil de suponer.

¿Y si yo no hubiera ido al estanque ese día de marzo? Unos minutos más y seguramente habría muerto.

Pero vivió —¡vivió para vivir de nuevo con furia!

Puede que no pienses de la misma manera, pero yo siempre creeré que tuve que ir a ese estanque porque ese pececito tenía que vivir.

Supongo que tendrías que haber visto mi pececito para comprender, haberlo recogido, verlo nadando en el recipiente y dando vueltas en el estanque.

De algún modo ese pececito tenía la vitalidad de la vida en él.

Puede que digas, que es mucha algarabía por un pececito y una coincidencia ridícula.

Yo soy sólo un pececito, y ni siquiera dorado. Y mi estanque es también un lugar peligroso y precario; también ha tenido muchos momentos de congelación, de descongelación y de sequía.

Y como mi pececito, Yo también estoy aquí, siento, porque he llamado, y los pies del mundo no han sido menos rápidos cuando han corrido a socorrerme.

Todos estamos unidos, unos a otros. Respondemos, aunque no hemos oído ninguna voz. Respondemos, aunque no sabemos cómo nos han llamado.

Y el universo nos responde —con poderes que ni te imaginas que existen, de maneras que ni puedes pensar, proporcionándote ayuda que no sabías que vendría.