Un corazón agradecido abre muchas puertas I

Mary-Alice y Richard Jafolla

 

Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes”.—Juan 11:41-42 

Imagina la escena. Es un día caluroso y seco en Betania. El polvo carga la atmósfera y casi sofoca al grupo de gente acongojada reunida delante de la cueva que sirve de tumba. 

Lázaro, hermano de Marta y María, ha estado muerto por cuatro días. Jesús está allí con el pequeño grupo de afligidos y llora por su amigo. "Si Jesús sólo hubiera llegado más temprano. El hubiera podido salvar a Lázaro", es el rumor que corre entre el grupo. "Pero ahora, ahora es demasiado tarde". 

Cómo debió de haber dejado atónitos a Marta, María y otros, en medio de su pesadumbre, de pronto ¡oír a Jesús dar gracias a Dios! ¿Cuáles debieron ser sus reacciones? ¿Cuáles hubieran sido las tuyas? "Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes". ¿Qué clase de palabras eran esas? Un hombre que hacía ya cuatro días que estaba en la tumba, ¡y ahora su amigo da gracias! 

Pero, sin duda, toda sorpresa o estupefacción súbitamente se convirtieron en asombro a medida que Jesús, en su próximo aliento, clamó para que Lázaro saliera de la tumba. La atmósfera debió de haber sido electrizante según los afligidos observaron con completo asombro al muerto, aún envuelto en vendas, salir hacia ellos. 

El poder del momento, la mezcla extrema de las emociones de gozo, conmoción e incredulidad debieron ser más allá de lo que podemos imaginar. ¡Lázaro estaba vivo! Y el catalizador que hizo suceder todo, la llave que abrió el pasaje de la muerte a la vida, fue la oración de agradecimiento de Jesús. 

Aviva la llama

Es interesante reflexionar sobre ese incidente e imaginar cómo sucedió todo y lo que finalmente pasó a la gente envuelta en él. Esa experiencia cambió seguramente sus vidas para siempre. ¿Cómo podría ser lo contrario? Sin embargo, reflexionando sosegadamente en el incidente, reviviéndolo y pensando en los años que siguieron, todos los que estuvieron presentes debieron haber comprendido que la oración simple de dar gracias fue la que hizo el milagro. "Padre, gracias te doy por haberme oído”. 

Sin embargo, la acción de dar gracias no es sólo palabras. Las palabras de Jesús representaron los sentimientos en Su corazón. Su agradecimiento fue una descripción verbal de sus sentimientos hacia Dios. Al dar gracias a Dios, Jesús reconoció que el deseo de Dios para él y Lázaro era solamente el bien. El sentimiento de la acción de dar gracias es una emoción, una honda reacción, y no una idea. 

Podemos intelectualizar sobre todo lo que hay en nuestras vidas por lo cual estar agradecidos. Podemos hacer listas, largas listas, de razones innumerables por las que debemos dar gracias. Esto es bueno, porque nos ayuda a darnos cuenta de lo extremadamente bendecidos que somos. Todos tenemos algo, mucho, por lo que debemos dar gracias. 

Aun así, las listas, los conocimientos, las palabras, no son suficientes. Solamente ayudan si nos guían al sentimiento de dar gracias. Necesitamos el sentimiento, la plenitud interna de un corazón agradecido, para descubrir ese poder en nosotros. 

Aprendimos hace mucho tiempo en nuestro viaje Juntos en La Búsqueda que las emociones fuertes vencerán siempre e implícitamente una idea intelectual. Los sentimientos activan los poderes que hacen los cambios y el trabajo. Los sentimientos son el catalizador y el incentivo que mantiene nuestras acciones. Cuando los sentimientos cesan, la acción cesa. De hecho, ni aún continuarlas andando a través de una habitación Si no tuvieses ganas de hacerlo.

Entonces, tu responsabilidad es encender el sentimiento de gratitud en ti. Nadie puede hacerlo por ti, ni es algo que puedes obtener fuera de Ti. Aunque sientas ingratitud debido a un reto presente, en lo más íntimo de tu ser, las brasas de la acción de gracias esperan ser avivadas en una ardiente llamarada. Con suficiente avivamiento, una actitud de gratitud fácilmente se volverá un hábito.

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