Un ángel llamado Terry

Un ángel llamado Terry
Brian Espy

Artículo de La Palabra Diaria

Siendo un adolescente que sobrevivió años de abuso y negligencia, Brian fue recibido como un hijo por un hombre que le enseñó honor, responsabilidad y su lugar correcto en un universo de amor.

Mi vida ahora es grandiosa. Tengo una maravillosa familia: una esposa y dos hijos, amigos y una gran carrera profesional. Mi vida es magnífica gracias a un ángel que me recogió cuando yo tenía 15 años.

Pasé los primeros tres meses de mi vida en un orfanato en Memphis, Tennessee. Estuve en una casa hogar hasta los cinco años, cuando fui adoptado. En los años setenta, había menos requisitos administrativos de adopción de los que hay hoy en día y fui adoptado por una alcohólica. Creo que ella nos adoptó, a mí y a otro muchacho con la intención de mejorar su vida y mejorarse a sí misma. Pero no fue así. Ella siguió tomando alcohol y mantuvo repetida relaciones abusivas.

Nos mudábamos frecuentemente y sobrevivimos gracias a la caridad de otros y de programas de asistencia social. Mamá nos llevaba a varias iglesias para pedir limosna. A temprana edad, yo podía escuchar el silbo apacible y delicado en mí y, como algo innato, sabía distinguir lo correcto de lo incorrecto.

Durante mi juventud, diariamente leía un versículo de la Biblia que había recibido de una de las iglesias. No comprendía mucho de lo que leía, pero pensé que si leía la Biblia y oraba, Dios perdonaría todas las cosas malas que estábamos haciendo.

Una adolescencia turbulenta

Cuando estaba en sexto grado, en Michigan, huí de mi casa por primera vez. Me llevé mi Biblia pero la policía me capturó y me llevaron de regreso a casa. Mi mamá se tornó más abusiva conmigo, tanto física como verbalmente. Pensé que Dios me había abandonado. A los once años, comencé a tomar licor para aislarme de la conmoción que me rodeaba.

Durante mis primeros años en la escuela secundaría, tomaba a diario. El padre de uno de mis amigos le recomendó a mi mamá que me pusiera en un programa juvenil de rehabilitación de drogas y alcohol. Esto ocurrió en un centro de tratamiento local, donde aunque parezca mentira, mi madre era una consejera de adultos sobre el abuso de drogas y alcohol.

Al pasar momentos con otros adolescentes y con los consejeros del programa, sentí que pertenecía a una familia por primera vez en mi vida. Después de treinta días allí, mi mamá decidió que nos mudáramos a Albuquerque, en Nuevo México, en donde volvió de nuevo a caer en una relación personal abusiva. Cuando ese hombre la echó de la casa, ella nos dijo a mi hermano y a mí que teníamos que vivir por nuestra propia cuenta.

En esos días yo tenía catorce años y pasé el año en las calles de Albuquerque. Aunque asistía a la escuela, también realizaba trabajos menores, más que todo de jardinería, y tomaba alcohol todos los días. Durante los días feriados yo miraba por las ventanas de las casas por las cuales pasaba. Al ver las familias reunidas yo exclamaba: “Dios, ¿por qué no puedo tener una familia? ¡Eso es todo lo que quiero!”

El camino que me esperaba

Tan sólo para subsistir, vendía drogas y objetos que había robado. Sentado bajo un árbol de pino una noche en un parque, de repente vino a mi mente la noción de cuál sería mi camino si no dejaba de tomar. Cuando iba del parque a la escuela me di cuenta de que había un grupo del programa de los doce pasos. Dije: “Bien, Dios, hagamos un trato, voy a hacer la prueba con este programa, y si no me da resultado voy a seguir tomando hasta que me muera”.

Abandoné mi timidez

Con cada reunión, me integré más al grupo. Un miembro me ofreció una de sus camas y tuve un sitio para dormir. Los integrantes del grupo me ayudaban con mis tareas escolares, y comencé a mejorar mi rendimiento en la escuela. Varios de los hombres preguntaron al juez si podían adoptarme. Pero el juez lo que hizo fue localizar a mi madre y me mandó a vivir con ella de nuevo.

Uno de mis amigos del programa de los doce pasos me llevó a encontrarme con mi mamá. Le rogué que me dejara quedarme con ellos, a lo que él respondió: “Recuerda lo que te hemos enseñado en los últimos tres meses, todo va a salir bien”. Prácticamente tuvo que empujarme para que entrara en la camioneta de mamá. Íbamos en camino a Wichita, Kansas.

Me escapé tantas veces en Wichita que me catalogaron como ofensor repetitivo, me enviaron a la cárcel juvenil varias veces y al final me mandaron a un correccional. No tomé más porque tuve la idea de que Dios mantenía la promesa que nos hicimos uno al otro. Asistí a un programa de los doce pasos en Wichita, y allí conocí a mi ángel guardián: Terry, quien había sido sargento instructor del Cuerpo de Marinos de Estados Unidos, y que se encontraba en recuperación del alcoholismo.

Mi vida dio un giro

Terry me recibió diciendo: “Si vives conmigo tendrás que hacer tu cama e ir a la escuela diariamente. También debes conseguir trabajo. Yo me encargaré del resto”.

Él arrojó un ejemplar de La Palabra Diaria sobre la mesa. Dijo: “Quiero que leas esto todos los días, y luego te pondré una tarea”. Si el mensaje del día era sobre vivir en el momento presente, yo tenía que escribir una página sobre cómo había vivido en el momento presente ese día. Luego hablábamos sobre lo que yo había escrito.

Durante esos días, mi madre me denunció a la policía y fui encarcelado. Terry me llevó un ejemplar de La Palabra Diaria, diciéndome: “El hecho de que estés en la cárcel no significa que no harás tus tareas”.
Al final mi madre cedió mi custodia, y en la agencia gubernamental encargada de esos procedimientos le dijeron a Terry: “Él es tuyo ahora, nadie más lo quiere”. Durante mi vida con Terry, me gradué de secundaria con honores y luego fui a la universidad.

Las lecciones que aprendí

Sin importar lo difícil de mis años juveniles, mantuve la fe de que Dios no me abandonaría. Tuve un amigo Terry, y luego una esposa, un hijo y una hija. Llegué a ser un exitoso ejecutivo, viajando por todo el mundo en asuntos de negocios.

Hace unos años, Terry fue hospitalizado con cáncer de la garganta. Aún cuando me encontraba ocupado, yo regresaba para visitarlo cada jueves por la noche. Continuando con las lecciones de La Palabra Diaria, nos sentábamos a hablar hasta que él ya no podía hablar más. Si iba a verlo para preguntarle sobre algo, él señalaba La Palabra Diaria diciendo: “Esto es todo lo que importa”, y luego apuntando mi cabeza con un dedo decía: “Tu mundo está entre tus oídos. Todo lo que creas, lo creas en tu cabeza, bien decidas crear el bien o crear el mal. Pero recuerda que el universo siempre trata de traerte el bien”.

Cuando su condición empeoró, lo pusieron en un respirador artificial, y cuando decidió irse, lo desconectaron y, por casi tres minutos, pudo hablarme y decirme: “Estoy tan orgulloso de ti”. Miró la foto de mi hijo e hija y una lágrima corrió por su mejilla. Luego dijo sus últimas palabras para mí, repitiendo varias veces: “Eres mi hijo”.

Nunca me rendí

Al principio pude haberme rendido en cualquier momento, pero el silbo apacible y delicado, el espíritu de Dios, me habló.

Luego Terry vino a ser mi ángel. Él continúa guiándome hasta el presente con lo que me enseñó como adolescente. De él aprendí a quitarme del camino y dejar que el universo me traiga el bien.

Brian es el dueño de MobileForce Communications, una compañía de comunicaciones. Con su familia, asiste a la iglesia Unity of the Heartland en Kansas, y disfruta de actividades al aire libre.