A través de los ojos de Lázaro

por Rev. Kelly Isola

 

La vida transcurría con bastante rapidez en la iglesia en Arizona en la cual estaba sirviendo temporalmente. La Pascua de Resurrección se acercaba, y yo estaba terminando una serie de talleres sobre una interpretación contemporánea de la historia de Lázaro.

El relato de cuando Jesús resucitó a Lázaro de entre los muertos sólo aparece en el Evangelio de Juan. Es una alegoría hebrea maravillosa que ofrece una manera de superar retos inimaginables en la vida—avanzar a través del miedo, del dolor y la incertidumbre que acompañan cualquier viaje de transformación. La narración nos invita a preguntar: “¿Cómo prosigo a través de algo que parece ser imposible?” Yo no lo sabía en ese momento, pero esta pregunta salvaría mi vida en los próximos días y meses.

Sentía como si me hubiera resfriado, por lo que descansé y utilicé mis remedios homeopáticos habituales. Al segundo día me sentía débil. Al tercer día, todos los síntomas de una gripe estaban presentes. No me sentía bien.

La simple tarea de llenar mi hielera se había convertido en un reto. De regreso a mi habitación de hotel, comencé a colapsar y no podía ver la cerradura de la puerta para poner la llave. Una vez en mi habitación, me derrumbé sin fuerzas para levantar la cabeza, los brazos o las piernas. Sabía que estaba en problemas. 

A medida que me rendía ante mi impotencia, el pánico comenzó a disminuir lo suficiente para voltearme de espalda y descansar. Creo que me desmayé porque me desperté para encontrar a mi gato, Murray, empujando mi hombro. Me acosté. No tenía idea de que nuevos niveles de impotencia estaban por venir.

Al día siguiente, una amiga me trajo sopa de pollo. Ella me miró y sugirió que fuéramos a emergencias. Tenía fiebre de 105º F y mi nivel de oxígeno era de 74 (lo normal es arriba de 90). Pasé las siguientes 15 horas en rayos X, haciéndome tomografías y exámenes de sangre y oxigeno antes de ser ingresada con un diagnóstico de influenza H1N1 y neumonía viral. Incluso entonces, no tenía idea de lo enferma que estaba, luchando por respirar mientras que mis pulmones, corazón y órganos lentamente se llenaban de líquido.

Pasé los siguientes cinco días en una montaña rusa de atención médica. Durante ese tiempo les estuve enviando mensajes a mi madre y mi hermana, para mantenerlas informadas, pero para el martes me sentía desvanecida y sin fuerzas. Envié un mensaje diciendo que ya no podía hacerme cargo de mí misma. Estaba confundida, exhausta y sola. En un día, mi madre ya estaba a mi lado. Para cuando mi hermana llegó, me estaba dando por vencida.

Fui ingresada por influenza y neumonía, y el hospital me “regaló” neumonía bacteriana y sepsis, ambas enfermedades potencialmente mortales. Me trasladaron a la unidad de cuidados intensivos, donde experimenté una complicación tras otra: insuficiencia cardíaca, insuficiencia respiratoria y, finalmente, me conectaron a una máquina de respiración. Mientras yacía en la cama del hospital, la sepsis se propagaba y mi cuerpo colapsaba. La vida se volvió muy frágil. Cada vez que la máquina me suministraba aire, me costaba encontrar mi propio ritmo, mi propia coordinación de cuándo inhalar y exhalar. La ansiedad era paralizante mientras luchaba con el aire que era forzado en mí.

La respiración es la primera cosa que experimentas cuando llegas a este mundo y la última cuando lo dejas. Finalmente, sucedió—no tuve otra opción—si deseaba vivir, tenía que rendirme, dejar ir. De puro agotamiento dejé de luchar. Miré a la bestia sin corazón hecha de metal, plástico y tubos, y le dije: “¡Muy bien! ¡Tú ganas!” Tenía que morir para vivir. Y con eso, me desvanecí y me quedé dormida. Todo lo que anhelaba era poder respirar. Mas en vez de aferrarme tuve que soltar.

Durante los momentos más oscuros, recuerdo que mi hermana me leía las oraciones que las personas dejaban en el sitio Web CaringBridge® y en Facebook. Aunque no recuerdo las palabras de las oraciones, cada vez que mi hermana leía el nombre de la persona que estaba orando por mí, instantáneamente me transportaba a esa persona. No era como un recuerdo, sino más bien como si yo estuviera con él o ella en tiempo real, experimentando el poder de nuestra relación, de nuestro amor, de nuestra unidad. Cada persona se convirtió en mi salvación, sosteniéndome, apoyando mi resurrección y haciendo posible lo imposible.

Poco a poco empecé a sanar y después de casi tres semanas en el hospital, me dieron de alta. Llegué a casa en Missouri justo a tiempo para la Pascua de Resurrección. Esto no fue sin haber sido permanentemente alterada por el trauma de la enfermedad, por varias experiencias cercanas a la muerte, por haber visitado el otro lado del velo, por una pérdida completa de mí misma y por tener que aprender cómo regresar a la tierra de los vivos. Incluso tuve que decidir si quería estar de nuevo en la tierra de los vivos.

Un día todo está bien con tu mundo: relaciones personales sólidas, trabajo gratificante, una vida con significado y propósito. No hay nubes en el horizonte amenazando tu sentido de bienestar ni el fluir de bendiciones. Entonces, de repente, la vida comienza a resquebrajarse y nada es seguro, ni siquiera la vida misma. El caos y el miedo toman el control, eres sacudido hasta la médula, y nada parece estar bien con tu mundo.

Allí era donde yo estaba. No reconocía mi mundo. Aunque estaba agradecida por estar en casa, muy poco de la vida que había disfrutado antes tenía sentido. Lo que creía, la comida que me gustaba, todo había cambiado. El yo que conocía había muerto. ¿Existía una manera de superar este intermedio, este vacío gigante antes de una vida nueva? Al igual que la historia de Lázaro: “¿Cómo lograr lo inimaginable?” A menos que hayas experimentado este tipo de pérdida del ser, es casi imposible de entender. Me encontré tratando de poner palabras al silencio para entender lo que no podía ser entendido.

Curiosamente, encontré alivio en el lugar más inesperado. A medida que se acercaba el Domingo de Ramos, recordé mis años de catolicismo, caminando por las Estaciones del Via Crucis—una de las devociones más antiguas de la cristiandad. Son 14 representaciones de las últimas horas de Jesús. Caminábamos en silencio y lentamente, deteniéndonos en cada una para recitar las palabras de un folleto.

De manera interesante, las Estaciones son muy populares hoy en día, quizá debido a que representan el entendimiento universal de la presencia del dolor que todos experimentamos en la vida. Todos pasamos por sufrimientos, cosas y etapas en la vida que mueren con el fin de ser llevados a una resurrección, a una vida más plena y abundante.

Las Estaciones de la Cruz se llaman la Vía Dolorosa o Vía Crucis, que es bastante paradójico porque en mi curación, éstas llegaron a significar el Camino de la Vida. En el viaje de Jesús, él sufrió injusticia, traición, su fe fue desafiada, se sintió solo, con miedo. Sin embargo, una y otra vez, alguien le ayudó a llevar su carga, a afirmar su fe, a lavar sus heridas, a recordarle que no estaba solo, a enjugar sus lágrimas y a darle la fortaleza para dar un paso más. ¿Acaso no tenemos esas experiencias en nuestra propia vida? Entonces, ¿cómo realizamos lo imposible? Caminando juntos, ya seamos el que sufre o el que ofrece ayuda.

Todas las dificultades en la vida me instan a mirar con nuevos ojos, a ensanchar mi alma más allá de lo que puedo imaginar. Hacer lo imposible significa despertar una vez más el poder de Dios que obra a través de mí y de ti. Al hacerlo, cultivamos un viaje lleno de compasión, bondad, ayuda, convicción, confianza y fe. Es un viaje que se extiende más allá de lo conocido, pero que, a la final, nos lleva a un lugar de plenitud, a una resurrección, a una nueva vida.


Rev. Kelly Isola

La Rev. Kelly Isola es experta en desarrollo personal y organizacional. Es autora, consultora, visionaria académico-profesional y sanadora.

Este artículo apareció en la edición de Marzo-Abril del 2017 de La Palabra Diaria.