Todas las cosas son posibles

por Richard y Mary-Alice Jafolla

 

Alturas imposibles de escalar, frío adormecedor, insuficiencia de oxígeno en la atmósfera, vientos rigurosos, avalanchas mortales —por siglos el Monte Everest había permanecido inconquistable. Sin embargo, en mayo del 1953, Sir Edmund Hillary y su guía Tenzing Norgay llegaron a la cumbre de 29.028 pies de altura. Si uno de una especie logra algo, otros de la misma especie creen que también es posible para ellos. Por tal motivo, Monte Everest ha sido escalado muchas veces desde entonces.
 
Salto con garrocha de más de cinco metros, salto de altura de más de siete pies, correr una milla en menos de cuatro minutos; una vez hubo límites físicos considerados irrompibles. Sin embargo, todos estos se han superado y ahora incluso los atletas de la escuela secundaria los están logrando.
 
Traspasemos esta idea a los logros de Jesús, un pionero espiritual cuyas palabras y actos de amor han cambiado el panorama de la conciencia humana y forjado nuevas normas de comportamiento. Si podemos entender y aceptar el hecho de que Jesús era "uno de nosotros" —verdaderamente uno de nuestra especie, tanto humano como divino, entonces es posible creer que podemos replicar sus logros como él mismo nos dijo que podíamos. ¿Y por qué no hemos ser capaces de lograr lo que Jesús realizó? Siendo plenamente humano, experimentó toda la gama de reacciones y emociones humanas, tal como lo hacemos nosotros: cuando se cortó, se sangró; cuando se lesionó, gritó; cuando estuvo contento, se rió. El hecho de que su vida fuera una extraordinaria demostración de ideales espirituales elevados no tiene por qué implicar un extraordinario nacimiento o concepción. Más bien podemos atribuirlo a su extraordinaria realización de su unidad con Dios. Fue a través de esta conciencia que los poderes que Jesús demostró fueron puestos a su disposición.
 
Sin embargo, tenemos exactamente la misma relación con Dios que Jesús tuvo, y por eso tenemos los mismos poderes a nuestra disposición. La única diferencia entre Jesús y nosotros es que él sabía la plenitud de su naturaleza divina, y todavía estamos en el proceso de descubrir la nuestra.