Moviéndonos al paso de Dios

por Vernitia Clark

 

Nuestros días son ocupados y atareados —frecuentemente más atareados de lo que quisiéramos. Hay un sabio refrán que dice: “Cuando más rápido voy, más retrasado estoy". Ciertamente, me puedo identificar con dicho refrán. Tal vez, necesitamos evaluar nuestro paso. ¿Estamos tomando tiempo para disfrutar, experimentar y crecer cada día o sencillamente nos sujetamos mientras la montaña rusa de nuestros acontecimientos diarios nos arrastra? ¿Tenemos el control o nos controlan nuestras responsabilidades? 

Hace unos cuantos años dejé el frenesí del mundo de los negocios para regresar a casa y cuidar de mi padre. Los primeros días fueron casi traumáticos, ya que luché por readaptar mi vida acelerada al modo de vida más tranquilo y lento de él. A medida que oraba por ayuda para dejar ir la frustración, me dijeron que “me moviera al paso de Dios”. 

Esta frase era nueva para mí y pregunté cuál era "el paso de Dios". No hay relojes ni calendarios en el mundo de Dios. Esos son nuestros inventos para estructurar nuestras vidas. Nos apresuramos para hacer todo a tiempo. Hemos dejado que el mundo externo establezca el paso, y nosotros tenemos que ir de prisa para no quedarnos atrás.   

Lo que aprendí yendo al paso de mi papá, fue apreciar las maravillas del momento actual. Caminábamos en forma lenta y tranquila, nos deteníamos para observar las flores, para ver el progreso del jardín del vecino y, con frecuencia, nos deteníamos para quitar la única mala hierba metida en medio de la grieta de una vereda. 

Esas eran las cosas importantes para él. Al principio fue difícil tranquilizar mi mente ocupada y liberar la presión de las tareas domésticas que necesitaba hacer. Pero al pasar los días, comprendí que ése era el verdadero paso de Dios. Aun con el tiempo que pasamos caminando, encontré que las tareas se hacían y con menos esfuerzo que antes. Deliberadamente, empecé a ir más despacio y a estar más receptiva y atenta a lo que sucedía a mi alrededor. Lo que me asombró fue cuánto más lograba yendo más lento.

Me di cuenta de que mi apresurado estilo de vida del pasado consumía energía innecesariamente. El paso rápido, la preocupación y la tensión desperdiciaban una energía valiosa que debía ser usada más creativa y productivamente. Con la ayuda de Dios, encontré formas más productivas de hacer mi trabajo, tiempo para disfrutar de la gente y de los alrededores durante el día.

No consideraríamos manejar nuestro carro a alta velocidad todo el tiempo ni dejaríamos encendido un motor que no usamos. Y sin embargo, eso es exactamente lo que hacemos con nuestros cuerpos físicos al permitir que los relojes y los

limites del tiempo regulen nuestras vidas. 

Cada uno tiene un paso que es el correcto y, cuando tratamos de ir a uno diferente, enfrentamos retos que nos hacen ir más despacio. ¿Por qué no pedirle a Dios que nos muestre el paso ideal para nosotros (el paso de Dios) y descubrir las maravillas y bendiciones de nuestro mundo todos los días? Nosotros somos quienes deciden a qué paso viviremos nuestras vidas, al paso del mundo o al paso de Dios.