Mi milagro al dejar ir

Mi milagro al dejar ir
Teri Lucas

Artículo de La Palabra Diaria

El 11 de septiembre del 2003 yo estaba en Unity Center de Austin, Texas para un servicio especial por los que murieron en la tragedia del 2001, así como por otras pérdidas en nuestras vidas. En años recientes, yo había sufrido varias pérdidas, y la vida se me hacía pesada y abrumadora. Mi trabajo como maestra era retador, mi familia estaba en un caos constante y yo me sentía a la deriva. Me senté en el banco sintiéndome completamente sola. Lágrimas llenaron mis ojos y silenciosamente solté mi desesperación diciendo: “Dejo ir dodo, Dios. Te entrego mi vida. Sea lo que sea mi propósito en la vida, me entrego a Tu sabiduría y amor infinitos. Mi vida es tuya, Dios”.

Después del servicio no sabía lo que mi futuro me ofrecería. Mas sabía que Dios guiaría mi vida y que me cuidaría. El día siguiente, me di cuenta del poder que tiene el dejar ir. Ese viernes por la mañana el día se tornaba placentero en el salón de clases. Mis alumnos del octavo grado ya habían comenzado a trabajar cuando mi buscapersonas comenzó a vibrar. Yo sirvo de voluntaria como técnica médica de emergencias. Vi que había una emergencia médica en nuestro edificio. Le dije a mis estudiantes: “Voy para la oficina para ver si necesitan ayuda”. Cuando iba en camino, una maestra me dijo: “Apúrate, Terri, ve al salón de arte”.

No tenía idea de la emergencia, pero el tono de su voz me hizo correr. Al llegar, la enfermera de la escuela y un policía estaban en el piso asistiendo a un niño. Usaban una bolsa y una mascarilla para darle aire al niño. Cuando la enfermera me vio entrar, me dijo: “Yo no creo que le está llegando el aire”. Agarré el estetoscopio y pude oír que el aire entraba a los pulmones, y le aseguré: “Sí, sí le está llegando el aire”.

Mientras me preparaba para darle compresiones, otro policía entró al salón con un desfibrilador externo. Puse las almohadillas en el pecho del niño y la máquina analizó el estado de su corazón, recomendando que se le diera un choque eléctrico. Me habían entrenado a no usar la máquina en un niño, mas todos a mi alrededor comenzaron a decir: “¡Presiona el botón, Teri, presiona en botón!”

Le pedí guía a Dios y la respuesta fue: “Presiona el botón”. Le dije a todos que se apartaran, presioné el botón y esperé que la máquina me dijera qué hacer. Luego comenzamos la resucitación cardiopulmonar (RCP). Yo le daba compresiones mientras la enfermera y el policía seguían con la respiración. Noté que los párpados del niño empezaron a moverse y, cuando terminé con la serie de compresiones, él abrió los ojos y comenzó a mirar alrededor del salón. Justo en ese momento llegó la ambulancia. Les di un reporte y se fueron. La enfermera, el policía, el director de la escuela y yo lloramos de gozo. El niño lloraba y hablaba con los paramédicos y ¡supimos que se había salvado!

Regresé a mi salón de clase, y no fue hasta que volví a ver a la enfermera que comencé a procesar lo que había ocurrido. La enfermera me miró y dijo: “Teri, tal vez esto equipara un poquito lo que ocurrió con tu hijo, Kevin”. La miré y me di cuenta de cuán personal este incidente había sido para mí. Once años atrás, mi hijo de 15 años, Kevin, había muerto de un ataque al corazón. Se le había hecho un transplante de corazón y, aunque todo había salido bien durante su chequeo médico, él estaba rechazando el corazón.

A medida que la enfermera y yo hablábamos, pude darme cuenta de que mi vida había cambiado. La familia de este niño no tendría que pasar por lo que yo pasé. ¡Era parte de un milagro y me sentía bendecida! Le entregué mi vida a Dios y Él me dio el regalo más grande: Una oportunidad de salvar una vida y de cambiar la mía.

 

Teri Lucas es maestra de escuela en Pflugerville, Texas. Es también oradora y la fundadora de Kardiac Lifesaver: Training Hands to Save Hearts.