Más de aquello con lo que nos conformamos

por James Dillet Freeman

 

La vida es algo más de aquello con lo que nos conformamos. Existe una realidad superior. Hay un poder más allá del que consideramos como nuestro, más allá del que creemos que está funcionando.

Tenemos acceso a este poder. En ocasiones todos lo palpamos —o le permitimos que nos toque.

El poder con el que la fe nos conecta, realmente no es un poder extraordinario, ya que trabaja continuamente de maneras esperadas; lo único es que damos a estas manifestaciones diarias por sentadas, como si las cosas comunes no fueran tan maravillosas como las cosas extraordinarias. Todo lo que existe —átomos, cometas, nieve, caimanes, hierba, naves espaciales, nacimiento, crecimiento, vida, el funcionamiento de nuestro cuerpo, el movimiento de las estrellas— es el resultado de este poder. Este poder vuela como pensamiento a través de nuestra mente. Se mueve como amor a través de nuestro corazón.

Mas de vez en cuando se manifiesta, no en los acontecimientos diarios por los cuales hemos dejado de sentir asombro, sino de una manera inesperada.

¡La rosa de Navidad florece en el declive del invierno!

Entonces caemos de rodillas, por un momento, conscientes de que la vida no es aburrida ni ordinaria, ni algo de leyes y tablas, que no puede ser explicada fácilmente y que es perfectamente predecible; ¡la vida es una maravilla y un misterio, el derramamiento, el fluir inagotable de gozo de un poder indescriptible!

El mundo es la obra de Dios, todo en él es Su obra.

Dios es bien.

Dios es amor.

Dios es inteligencia.

Cuando pensamos y sentimos que esto es cierto, nuestro mundo se torna la clase de mundo que es el único tipo que el amor y la inteligencia pueden crear.

El mundo tiene la forma de la inteligencia, ¡oh globo redondo y razonable! El mundo tiene la forma del amor, ¡oh hermosura infinitamente variada!

Lo que el hombre Jesús hizo diferente al resto de nosotros es que él nunca dudó por un momento que el mundo ha sido creado por el amor y la inteligencia —no, no cuando vio a los hombre maltratar a otros, ni siquiera cuando lo azotaron y lo crucificaron.

Él vio que el mundo es algo más de lo que parece ser a nuestra mirada menos amorosa. Vio que el odio, la crueldad y el dolor no eran la verdad acerca de él. Vio un significado que nos elude, la visión de una verdad más gloriosa que cualquiera que nuestros ojos pudieran ver —excepto, quizás por momentos o destellos.

Pero estos momentos y estos destellos son la fe. Tener fe es ver más allá de todas las falsas apariencias hacia la verdad de la bondad.

El bien está ahí, ya sea que tengamos la fe para pensar y sentir a través de él o no. El mundo es la obra de una bondad más allá incluso de nuestro poder de imaginar qué es dicha bondad.

¡Oh Dios, en ocasiones puedo sentir cuán grande eres! Pero no tengo palabras. Ni siquiera tengo pensamientos.

¿Acaso te llamé Amor? No es suficiente.

¿Te llamé inteligencia? Se queda infinitamente corta.

Sin embargo, escucho y, de vez en cuando, creo que atrapo una palabra. Anhelo, y hay momentos en los que creo que casi he tocado el borde del manto de la realidad.

El mundo es la imaginación de una mente que va más allá de la imaginación de mi mente. El mundo es el afloramiento de un corazón que va más allá incluso del poder que tiene mi corazón para soñar.

Sin embargo, en la imagen de esta mente más allá de la mente y de este corazón más allá del corazón, ¡yo también he sido creado! En mí tengo un poder para ser —aún más de lo que he soñado o esperado o creído que podría llegar a ser.

Jesús dijo: “Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”.

¿Qué verdad?

¡Cualquier verdad!

La verdad acerca del universo. La verdad acerca de ti mismo. La verdad acerca de Dios.

Aprendemos la verdad sobre la ley de gravedad. ¡Y oh, mundo increíble! La gravedad es lo que mantiene a los seres humanos en la tierra. Mas cuando se enteran de la verdad, ¡vuelan!

Aprendo la verdad acerca de mis emociones. Veo que me dejo llevar por odios y miedos que ni siquiera sabía que tenía. Pero cuando llego a entenderlos, utilizo la energía que generan para construir mi mundo de amor.

Soy un hijo de Dios.

Esta es mi verdad.

Cuando llego a pensar y sentir esta verdad; cuando llego a creerla claramente en mi mente y mi corazón, mi razón y mi esperanza; cuando sé que no es un atisbo de algo anhelado, sino que es la propia esencia y realidad de lo que yo soy —entonces mi mundo asume la forma del amor y la inteligencia dados cuando el amor y la inteligencia crearon y “vieron que era bueno”.

Soy el hijo de Dios.

Soy el hijo del amor.

Soy el hijo de la inteligencia.

Soy el hijo de la vida.

“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Pero sabemos que … seremos semejantes a él” (1 Juan 3:2).

Tomado de The Hilltop Heart por James Dillet Freeman (1912-2003). Freeman fue un conocido poeta, cuyos poemas se encuentran en la luna. Freeman sirvió como director del programa ministerial de Unity por veinte años. También trabajó como director de Silent Unity® y fue el primer vicepresidente de Unity Institute® and Seminary.