Lo extraordinario en lo ordinario

por Jan Stromseth

 

El 16 de junio de 1989 fue un día bello y un día en el cual mi vida cambió. Mi hermano, mi hermana y nuestras familias estábamos en Wisconsin para celebrar el 40 aniversario de bodas de nuestros padres. Habíamos decidido que todos iríamos al zoológico para darles un descanso antes del día de la celebración. En un minuto me estaba riendo y disfrutando de un almuerzo divertido con mi familia en el zoológico de Milwaukee … y en el siguiente, luego de haber tomado un jugo de manzana (el cual luego me enteré que estaba lleno de moho y de otras toxinas), mi cuerpo yacía desvanecido.

Colapsé en la mesa frente a mí. Mi hermano y mi hermana me pusieron en una silla de ruedas que habíamos traído para mi abuela, y me llevaban corriendo. A medida que corrían, ellos le dijeron a un empleado del zoológico que parara su camioneta para ponerme en la parte de atrás, y me llevaron a la entrada donde estaba una ambulancia. No respondí a los primeros auxilios, y me llevaron a un hospital.

No recuerdo mucho lo que pasó, mas recuerdo que mi hermano, quien viajó conmigo en la ambulancia, me animaba a estar alerta. También recuerdo que me parecía ir muy rápido bajo una luz brillante. Durante esos momentos, una gran calma me sobrecogió. Pensé que no iba a sobrevivir. Dije una oración, pidiéndole a Dios que cuidara de mis hijos y mi esposo—y luego dejé ir. No me sentí triste —más bien sentí que todo era un proceso natural que progresó pacíficamente. Luego sentí que dejé mi cuerpo y vi una luz muy brillante. Estaba rodeada de paz y amor de un modo que nunca antes había experimentado. Un Ser de Luz me dijo que no era mi tiempo y que debía regresar.

Luego supe que durante ese tiempo en el hospital, mi corazón se detuvo. No sé exactamente por cuánto tiempo trataron de resucitarme. Por fin supe lo que sucedió cuando hablé con mi doctor. Le pedí que me ayudara a entender lo que había sucedido, ya que lo único que yo recordaba era haber sentido una tibieza que subió por mi brazo derecho hasta llegar al centro de mi corazón.

Mi doctor me dijo que todos los intentos de revivirme habían fallado. Que al no haber más nada que ellos pudieran hacer, él tomó mi mano derecha y comenzó a orar.  Las enfermeras le dijeron al doctor que continuara haciendo lo que estaba haciendo, ya que el monitor del corazón había comenzado a marcar mi pulso de nuevo.

Cuando volví a mi cuerpo, había cambiado. Aunque físicamente sané bastante rápido, la curación transformativa continuó por muchos años. Siempre estuve muy consciente del hecho de que cuando estaba dejando mi cuerpo atrás, no sentí dolor. Que no fue hasta que volví a mi cuerpo que el dolor surgió.

Los años siguientes, como resultado de esta experiencia y después de mucho ponderar, pude acoger una nueva visión acerca de quién soy en realidad y qué vine a hacer en el mundo. Mi doctor maravilloso conocía su propósito. En un cuarto lleno de profesionales de la salud, él se atrevió a hacer a un lado sus instrumentos médicos para tomar mi mano sin vida y orar. ¡Orar! ¿Dónde estaría yo hoy si ese doctor querido no hubiera seguido su fe ese día?

Nunca sabemos de qué seremos parte, cuántas vidas cambiaremos gracias a nuestras acciones y decisiones; aún más, cómo podemos ser instrumentos de lo Divino en las vidas de otros. ¿Viviremos rutinariamente día tras día, o estaremos dispuestos a apreciar cada momento cotidiano con nuevos ojos y a ver más allá de las montañas que hemos elevado para darnos cuenta de que cuando nos alineamos con Dios nada es imposible?

Es durante esos momentos diarios que cocreamos nuestro mundo y lo hacemos ordinario o extraordinario. Ahora sé que cada uno de nosotros tiene la oportunidad de tener una vida de oportunidades ilimitadas —gracias a las decisiones que tomamos y a nuestra disposición de ser extraordinarios.