Lección de amor

por Nhien T. Vuong

No lo vi como una expresión de amor hasta décadas más tarde. Lo que mi mamá hacía todas las mañanas cuando yo era pequeña yo lo sentía más bien como rechazo. Temía alistarme cada mañana, porque sabía que, mientras caminaba de mi habitación a la cocina, ella me revisaría de los pies a la cabeza.

A veces era sólo una mirada de desaprobación, pero las miradas eran peores que los comentarios. Los comentarios al menos me informaban de los cambios que podría hacer.  Las miradas me decían que ella ni siquiera iba a intentar criticarme, porque era inútil.

Mi mamá es una persona agradable y educada, proveniente de Vietnam del Norte. Se casó con mi padre cuando tenía veinte años y comenzaron una familia en Vietnam del Sur casi al final de la Guerra de Vietnam. Nuestra familia huyó del país una semana antes de que Saigón cayera, llegando a California como refugiados políticos durante la primavera de 1975. Al crecer, compartí una casa de tres dormitorios con cuatro hermanos, tres abuelos y mis padres. Mis padres y abuelos sacrificaron mucho para asegurarse de que nosotros, los niños, fuéramos disciplinados, bien alimentados y bien educados. En ello, sin duda tuvieron éxito. Todos nos graduamos de la universidad con honores y nos convertimos en profesionales exitosos.

Personificamos el sueño americano. Sin embargo, al igual que muchos en el occidente, encontré que el sueño era insuficiente. A mis treinta años, me sentía completamente vacía. Me sentía perdida mientras dejaba atrás mi matrimonio, mi trabajo como abogada y mi casa, todo en la misma semana, con la esperanza de un futuro más satisfactorio.

Mi búsqueda por la plenitud fue apasionada, pero mal aconsejada. Por dos años, continué cambiando mis circunstancias externas, buscando inútilmente la felicidad en nuevos trabajos, relaciones y casas. Por último, durante una discusión en la primavera del 2004, mi entonces novio me ayudó a ver que yo había caído en la agonía de la adicción. Desmoralizada, humildemente me dirigí a un grupo de recuperación de 12 pasos.

Allí aprendí a darme el amor y la aceptación incondicional que siempre había querido de mi madre y padre, y más tarde del mundo. Para desarrollar el amor propio, comencé por perdonarme por la forma en que me había rechazado o herido a mí misma. Adopté prácticas de autocuidado que me ayudaron a conocer el amor, no sólo como una idea, sino como una experiencia.

Por último, regulé mi lenguaje. Practiqué no comentar ningún pensamiento acerca de mí misma que tampoco pronunciaría acerca de alguien que amara o respetara. Incluso hice una práctica positiva de diez semanas de mirarme al espejo dos veces al día y decirme: “Te amo, Nhien, incondicionalmente”. Aunque en un principio me sentí incómoda, mi malestar disminuyó rápidamente cuando comencé, con todo y lágrimas, a darme cuenta de la verdad de mis propias palabras.

La mayoría de nosotros, si no es que todos, hemos experimentado la crítica o el rechazo absoluto en nuestras vidas. Estas experiencias, como la mía con mi madre, nos proporcionan información muy valiosa acerca de nosotros mismos y de nuestra conducta en el mundo. De hecho, aquellos que no pueden tolerar la crítica constructiva, a menudo tienen dificultades para funcionar eficazmente en la sociedad.

Sin embargo, la opinión de alguien más —incluso la nuestra— no puede definir nuestro valor. Después de todo, como expresiones únicas y radiantes del mismo Espíritu, somos inherentemente plenos y dignos. Nada puede cambiar eso.

Cuando recordamos la verdad de nuestra integridad, no sólo como una idea, sino como una experiencia, no sólo enriquecemos nuestras vidas, sino también las de otros. Ya no es necesario controlar o manipular circunstancias o personas para tener un sentido de valor o realización. Expresamos nuestra verdadera naturaleza, que es el Amor. Y lo que somos irradia hacia todo el mundo.

Después de una carrera como abogada litigante de negocios en San Francisco, Nhien es ahora alumna del programa de estudios ministeriales y religiosos en “Unity Institute & Seminary”.