Las hojas de la gracia

por Dorice Knoll

 

Estaba de pie frente a la ventana de la cocina cuando sucedió. Las hojas amarillas de los arces empezaron a caer. Alumbradas por el brillante sol de otoño, ellas caían suavemente en la tierra como una lluvia dorada. Fue un fenómeno que nunca había presenciado antes. Vi cómo los árboles llegaron a estar casi desnudos y la tierra se cubrió con un manto amarillo y brillante.

Por lo general, mis arces dejan caer sus hojas gradualmente. Una caída de hojas ha de ser recogida y echada en un saco un día, otra dentro de unos días y la última, a menudo húmeda y pastosa, cuando cae una inoportuna lluvia —esto es, inoportuna para los que recogemos hojas.

Aun cuando escribo esto, veo en mi mente esas gloriosas hojas —cientos y cientos de ellas iluminadas por el sol y siendo llevadas por el viento. Sucedió que tuve que estar en el lugar de votación el día siguiente y se lo mencioné a uno de los funcionarios allí. "Imagine todas ellas cayendo a la vez. Qué desorden", dijo él. "¡Odio rastrillar hojas!"

Cada uno de nosotros ve las cosas de un modo tan distinto. A mí tampoco me gusta rastrillar hojas, mas en esta ocasión el recuerdo del espectáculo hizo que la tarea fuera menos pesada.

Cuántas veces en nuestras vidas encontramos que la felicidad y la inspiración se cubren con extraños atavíos: esperar un autobús por mucho tiempo podría darnos la ocasión de disfrutar una conversación con otra persona; la lluvia que apaga el entusiasmo en una jira campestre podría ser una nueva jira que se hace bajo techo sin hormigas o abejas; el pariente que está confinado en casa y necesita compañía tal vez pueda decir deleitables historias sobre la niñez o los años de adolescencia de un padre o una madre.

Un realista desdeña a una persona de excesivo optimismo más que a ninguna otra, pero no hay casi nada peor para nuestro bienestar que dejar de ver el aspecto positivo en una adversidad. Hay algo que aprender, algo que recibir. Quizás no sea nada más que aceptar un revés o un sinsabor como un reto a nuestra habilidad o flexibilidad.

Nuestras actitudes, nuestros enfoques establecen toda la diferencia. Cuando esperamos lo mejor, casi siempre obtenemos lo mejor. Cuando pensamos en desastres o fracasos, nos preparamos infortunadamente para su posibilidad.

La manera en que pensamos no es nada más que un hábito. Podemos elegir nuestros pensamientos y dirigirlos a voluntad. Tenemos la libertad para hacerlo.

Cuando pensamos deliberadamente en lo positivo, las fuerzas correctas vienen a nuestra ayuda. "Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas"—Proverbios 3:6

Hay razones para nuestra buena y mala fortuna. Dios nunca prometió que nuestra jornada estaría alfombrada de terciopelo o que olería a rosas. Dios prometió, no obstante, llevarnos con Su gracia de aquí a allá, del ayer al mañana.

Mi pequeñita de tres años de edad lo dijo de otra manera. Estábamos paradas en una loma cubierta de hierba y observábamos a un pequeño petirrojo que aprendía a volar. De repente la nena resbaló y calló sentada abruptamente. Frunció el semblante momentáneamente, luego me miró y se rió. Ofrecí levantarla, pero meneó la cabeza y dijo: "No gracias, estoy bien, me iba a sentar de todos modos”.