La plenitud de la vida

La plenitud de la vida
por la Rev. Kelly Isola

He escuchado muchas veces la frase: “Demos gracias a Dios en todo”. Mas debo confesar que a veces me he preguntado en silencio: “¿En serio?, ¿en todo?” Yo no sé si le ha pasado a alguien más; pero yo he conocido personas y pasado por ciertas experiencias donde el dar las gracias o ser agradecido no entró en mi radar.

Es durante estas ocasiones que reconozco la invitación a volver a tener un corazón agradecido, y aun más que ello, volver a tener una conciencia de agradecimiento.

Hace mucho tiempo, cuando yo estaba recién salida de las calles de la adicción, un ser querido me animó a notar las cosas por las cuales yo sentía agradecimiento como parte de una práctica espiritual. En ese momento me pareció bastante fácil, tenía un techo donde cobijarme, estaba limpia, estaba empezando a tener amigos desinteresados y no estaba sola sufriendo en silencio.

Cuanto más tiempo permanecía libre de drogas, más libertad experimentaba, física, mental, emocional y espiritualmente. Sin embargo, lo que yo no esperaba era la gran responsabilidad que requería esta nueva libertad; no sólo para con mi vida, sino también para con los demás en el mundo. Así fue como llegué a conocer la gratitud.

Mientras más me recuperaba de la adicción, más podía escuchar cómo el sentido de responsabilidad me instaba a reconocer y dar gracias por aquello en la vida que no me gustaba, ¡o que inclusive aquello que odiaba! Al principio no pude comprenderlo. De manera que le pedí a un ser querido que me ayudara y él me dijo: “Kelly, la gratitud es decir ‘gracias, Dios’, y permíteme decirte lo que significa para mí”. Yo no me sentía muy agradecida, mas decidí confiar en sus palabras.

Por un largo tiempo practiqué este consejo cuando encontraba que me estaba volviendo a centrar en mí misma. Lo practiqué cuando me sentía desesperada, sola, frustrada y furiosa. Lo que descubrí con esta práctica es que no puedo experimentar la libertad o la plenitud de la vida si siento animosidad por algo o alguien. Entendía que para poder ver la vida de manera diferente, tengo que amar aquello que está delante de mí. Una vez que amas algo todo se desenvuelve con gracia y de manera ordenada, como cuando extiendes un mantel de lino recién planchado.

No era suficiente reconocer y dar gracias por aquello en mi vida que me gustaba; tenía que acogerlo todo, amarlo todo. Tenía que evaluar aquello que no me gustaba y apreciarlo, inclusive aceptarlo con maravilla; como haces cuando te tratas de acercar a una mariposa. Admitir aquello que no me gustaba o deseaba en la vida se convirtió en un tipo de gravitación que me introdujo cada vez más en la red de la vida. Por tal razón es que la gratitud es una herramienta tan poderosa e irresistible; nos recuerda nuestro lugar en este mundo, en el universo.

Ahora sé que esos días en los que digo: “Gracias, Dios, y permíteme decirte lo que significa para mí”, son días en lo que me comprometo a la acción, a conectarme con el mundo fuera de mí. Dichos días conllevan libertad y responsabilidad. Me recuerdan que aquello que hago hace eco en el mundo, y que toda la vida escucha. Dicho eco me une a todo, y le muestra al mundo el significado de mi vida. He aquí donde yace mi gratitud.