La Navidad llega a casa

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por Toni Stephens Coleman

Llegué a mi nuevo hogar un 10 de enero, cuatro días después de cumplir diez años. Acababa de pasar mi primera Navidad bajo la custodia del sistema protector juvenil de Los Ángeles. Mi familia de origen no celebraba la Navidad, así que la tradición era algo nuevo para mí. Mis nuevos padres eran maestros, y rápidamente me llevaron a la biblioteca, donde aprendí a leer por mí misma. Yo no había ido a la escuela por tres años. Me esforcé para aprender a leer antes de que se dieran cuenta de que no podía. No quería que me enviaran de vuelta como “algo dañado”. 

Al principio, los libros que escogí trataban sobre la Navidad. ¡Había resuelto que aprendería todo lo que pudiera acerca de las luces llamativas, la madre bendita y su bebé y los bellos regalos! Disfruté las hermosas fotos de mesas engalanadas, adornos y regalos hechos a mano. Utilicé mi imaginación para deducir cómo lo habían hecho todo, y las palabras que leía comenzaron a tener sentido para mí.

Me enteré que mi nuevo papá también tuvo una infancia dura. Tal vez por eso me abrió su hogar y corazón. Él nació en los campos petroleros de Oklahoma, y luego se mudó con su madre y su abuela a California al principio de la sequía de 1930. Su madre fue a trabajar en una factoría y su abuela compró una casa pequeña que servía de pensión a los hombres que se habían ido de Oklahoma buscando trabajo.

De jovencito, a mi padre le dieron el apodo “Stormy” (tempestuoso), debido a la gran cantidad de cabello rojizo que tenía. Él trabajaba ayudando a su abuela a darles de comer y atender a los huéspedes de la pensión. Para entretenerse, los hombres le pagaban diez centavos para que él apagara cigarrillos con sus encallecidos pies descalzos. Mi padre ahorró suficientes centavos para comprar su primer par de zapatos, los cuales usó para comenzar la escuela a la edad de ocho años. Ellos, en la pensión, celebraban la Navidad con un festín abundante alrededor de la mesa.

No mucho después de comenzar a vivir con mis padres, sentí gran anhelo por comenzar a hacer las decoraciones navideñas de las cuales había leído. Mi nueva mamá me alentó dándome su caja con botones, tijeras, pega, rollos vacíos de papel y una maravillosa cantidad de material. Un día de junio, ella entró a mi cuarto para descubrir lo que describió como “el taller de San Nicolás”. ¡Eso me dio tanta alegría!

A medida que se acercaba la Navidad, yo estaba lista para decorar, pero mi padre se veía cada día más triste. Le pregunté a mi mamá cuándo íbamos a poner el árbol de Navidad. Ella me dijo que las festividades hacían que mi padre se sintiera triste. ¡Yo no podía imaginar que alguien no quisiera celebrar la Navidad! Ella me explicó con ternura que la abuela de mi papá, a quien él quiso mucho, murió un día antes de la Navidad y que cada año las festividades le recordaban que ella ya no estaba con él, lo cual le hacía sentir rabia y tristeza. Ella esperaba que este año fuera diferente, ya que ahora yo era parte de la familia. “¿Puedo poner los adornos navideños?” pregunté. “Por supuesto”, ella me respondió. “Veamos qué pasa”.

Y así lo hice. Día a día, poco a poco, comencé a poner mis velas cubiertas de papel de aluminio y mis adornos de papel por toda la casa. Mas mi papá no dijo nada cuando los vio al pasar. Un día, hice un árbol de Navidad de cartones de huevos que decoré brillantemente y que mi mamá colgó por encima de un mueble que separaba la sala del salón familiar. ¡Yo sabía que mi papá tenía que decir algo! Mi mamá me había dado luces con las cuales adorné el árbol. ¡Y ella puso los primeros regalos debajo de él!

Mientras ella y yo admirábamos nuestras decoraciones navideñas, mi papá abrió la puerta y exclamó: “¡Oh, parece que ya es Navidad!” Fue como si hubiese despertado. Sus ojos resplandecieron y nos abrazó.

Mi mamá decía que cuando ella me trajo a casa, trajo conmigo la Navidad. Hasta el día de hoy, todavía anhelo preparar regalos navideños en junio.

La Rev. Toni Stephens Coleman es artista multimedia y ministro Unity. Desde los diez años, fue criada amorosamente por Robert “Stormy” Hileman y la Rev. Hypatia Hasbrouck, autora y ministro Unity, quien compartió con ella La Palabra Diaria.