La fe inspiradora de un niño

La fe inspiradora de un niño
Rev. Gegory Barrette

Artículo de La Palabra Diaria

Eric Butterworth fue un ministro, autor e icono espiritual en el movimiento de Unity que falleció en el 2003. Olga, la viuda de Eric, me contó una historia de la infancia de Eric, la cual tuvo un gran impacto en su fe y en su ministerio.

Cuenta la leyenda, que durante la Gran Depresión en Estados Unidos, Eric era un niño; y su madre, una ministro Unity, encontró una manera de darle a sus hijos la mejor educación pública posible y una vida familiar estable —a pesar de su situación finaciera debida en gran parte a las largas ausencias y addicción al juego de su esposo. Ella encontró una mansión abandonada en un vecindario de gente adinerada. Buscó en los registros del condado a quién pertenecía la propiedad, y luego le ofreció al propietario mudarse allí con su familia para cuidar de ella, sin pagar alquiler.

Un día, cuando sólo tenían unos pocos centavos y nada para comer, Eric tuvo una idea basada en los principios que su madre le había enseñado. Él reunió a la familia en un círculo, y sosteniendo una pequeña cesta en donde había puesto los centavos, hizo una oración de gratitud; dando gracias porque las monedas atraerían la sustancia divina de los éteres y que, al arrojarlos en el aire, regresarían a la canasta multiplicados. Poco después, sonó el timbre y eran los sirvientes de su vecino, ellos traían soperas de plata llenas de comida caliente que había quedado de una cena a la que no había atendido mucha gente.

¿Has puesto a Dios a prueba alguna vez? ¿Has experimentado en algún momento la fe inspiadora de un niño como la que mostró Eric en su niñez? ¿Has dicho: “Gracias Dios, gracias Dios, gracias Dios” cuando te encuentras frente a una situación imposible? ¿Estás dispuesto a hacerlo?

En 1978, regresé de la escuela ministerial para ver a mi padre. Él sufría de melanoma que había migrado hacia el cerebro. Los médicos le habían dado seis meses de vida, y nos dijeron que deberíamos llevarlo a un centro de atención. Más tarde, ese mismo día, fui al supermercado y, en un estante de libros religiosos, un título llamó mi atención: Obras de Alabanza. La línea para pagar avanzaba lentamente; tomé el libro y lo empecé a leer. Cuando llegué a la caja, lo compré.

Dicho libro sugería que podemos crear milagros con el sencillo hecho de dar gracias ante cualquier situación, sin importar cuán terrible sea. Lo probé, y encontré que hacerlo “mantuvo mi mente por encima de la negación”, parafraseando a la cofundadora de Unity, Myrtle Fillmore.

En casa, mi papá se quejaba de un fuerte dolor de cabeza. Oré: “Gracias Dios”, y mi padre se quedó dormido plácidamente. Me retiré al estudio para continuar con mi oración de gratitud, a pesar de lo que mi padre estaba enfrentado. Sin querer, caminé hacia el lugar donde mi padre tenía sus libros y tomé uno escrito por un maestro de la meditación con quién mi padre había estudiado. Se abrió justo donde estaba la pregunta: “¿Qué hacer cuando un ser querido está muriendo?” El autor aconsejaba abrazar a tu ser amado y darle permiso de marcharse, diciéndole: “Te amo”.

Le llevé el libro a mi madre, anticipando que ella tal vez pensaría que era una cosa extraña de hacer. Mas, en lugar, de ello, mi madre lo aceptó. Nos dirigimos hacia la cama donde se encontraba mi padre, lo abrazamos y le dijimos que podía irse, que estaríamos bien y que lo amábamos. Él abrió sus ojos, susurró: “Yo también los amo”, y se quedó dormido por última vez.

La alabanza funciona. “Gracias Dios” puede ser la oración más poderosa. No importa si en el momento no tiene sentido decirla. Lo único que necesitas es tener la fe de un niño. Jesús dijo: “Sean como un niño”. ¿Qué puede ser más inocente y confiable que: “Gracias Dios”? Esta oración nos eleva a una atmósfera superior, donde la sustancia divina es nuestra con sólo pedirla.