Hijo de Dios—Parte 2

por Mary-Alice y Richard Jafolla

 

Tengo acceso a todo lo que Dios es

Ser un hijo o una hija de Dios es el regalo supremo que el universo puede concedernos. Se nos dijo que hemos sido creados a Su imagen, conforme a Su semejanza. Así como los humanos llevamos los genes de nuestros padres, así también llevamos las características de nuestro Padre y Madre cósmico. La diferencia es que tal vez no llevemos todas las características de nuestros padres humanos. Los ojos de nuestro padre quizás sean pardos y los ojos de nuestra madre sean azules. Ellos pueden ser pequeños de estatura y tal vez nosotros seamos altos. El color del cabello puede variar y las personalidades también. Mas en el caso de nuestra herencia divina, heredamos todo. 

Dios es amor y, por lo tanto, nosotros también somos amor. Dios es totalidad, por lo tanto, nosotros también lo somos. Dios es abundancia absoluta, y esta es nuestra naturaleza también. No importa lo que Dios sea, somos parte de eso, porque somos parte de Dios. Todo atributo de Dios debe reflejarse automáticamente en cada uno de nosotros. ¿Cómo podría ser de otra manera?

Lamentablemente, no comprendemos siempre quién y qué somos, y esto nos conduce a toda clase de desvíos innecesarios en el viaje. En nuestra intensa inquietud por encontrar lo que ya tenemos, buscamos aquello que nunca perdimos.

¿Por qué es que rehusamos reclamar frecuentemente lo que es nuestro por herencia divina? Aprovechando rara vez todo lo que es nuestro, demasiado a menudo nos conformamos con mucho menos.

Ser un hijo o una hija de Dios quiere decir que tenemos acceso completo a todo lo que Dios es. ¡Esto es maravilloso! Quiere decir que no carecemos de nada, que cada uno de nosotros es especial y muy importante para el Creador. Todo lo que "el Padre" tiene es nuestro. ¡Qué dote increíble! Es como si tuviésemos una cuenta bancaria que nunca puede disminuir, no importa lo que pase.

Llegamos a ser lo que creemos que somos

El patito feo nunca pudo ser más que un pato hasta que se dio cuenta de que era un elegante cisne. Ser pato fue todo lo que él creyó ser. Lo que creemos sobre nosotros mismos determina nuestras vidas. 

Cuando sabemos. sabemos realmente, que somos hijos de Dios, empezaremos a actuar como si eso fuera verdad. ¡Hijos de Dios! ¡Descendencia del Creador del universo! ¡Herederos de todo lo que Dios tiene! 

A Dios le place damos las riquezas del reino. Un banquete ha sido preparado para nosotros. Si no hemos comenzado a reclamar este bien absoluto, no es demasiado tarde para hacerlo. Nunca es demasiado tarde. No importa lo lejos que nos hayamos desviado, ese bien ilimitado está siempre esperando cerca y silenciosamente que lo aceptemos. Todo está ahí para nosotros: paz, alegría. salud, prosperidad, amor.

Todo lo que el Padre tiene es nuestro. El bien es tuyo hoy porque eres un hijo o una hija de Dios. Ocupa tu lugar en la mesa del banquete.