Hijo de Dios—Parte 1

por Mary-Alice y Richard Jafolla

 

El agudo silbido del River Queen penetró la quietud a medida que el majestuoso  arco de ruedas se movía a lo largo de un recodo en el río Misisipí. Un puñado de pescadores en compañía de un niñito, emocionados y asombrados, saludaban con las manos desde el malecón.

"¡Quiero un paseo! ¡Quiero un paseo!", gritaba el niño, brincando y saludando con las manos alocadamente según el barco estaba a punto de pasar. Uno de los pescadores trató de calmar al niño, explicando que el River Queen era un barco grande e  importante y no podía detenerse para dar paseos a niños. Pero el niño persistía. y con más animación saludaba y gritaba: "¡Quiero un paseo!"

Imagina las miradas de sorpresa e incredulidad cuando el gran buque se movió poco a poco hacia el malecón y una plancha de desembarco fue bajada para que el niñito pudiera correr precipitadamente a la amplia cubierta.

Entonces, de pronto, el capitán apareció con los brazos extendidos hacia el niño. "¡Papito, papito!", gritaba el niño según salaba a los brazos amorosos de su padre.

Tu verdadero Padre y Madre

Jesús explicó que los padres terrenales quieren dar a sus hijos todo lo que pueden, y aun así, mucho mayor es el deseo de Dios de darnos todo. "No temáis, manada pequeña, porque al Padre le place daros el reino". Dios no te niega nada.

Es verdad que no todo padre terrenal es un modelo de amorosa bondad que da lo mejor que puede dar. (¿Quién de nosotros funciona siempre desde esa divinidad Interna?) Aunque, por regla general es natural que los padres quieran proteger y proveer para sus hijos, aun los padres terrenales mas perfectos, no importa lo amorosos y bien intencionados que sean, no pueden saber exactamente lo que es mejor para sus hijos o no son capaces de darles perpetuamente bien ilimitado.

Sin embargo, Dios sabe lo que es mejor para Sus hijos y es capaz de darles ilimitado bien continuamente.

En un sentido muy real, Dios es el verdadero padre o la verdadera madre de todos nosotros. Fuimos creados para ser los vehículos por medio de los cuales Dios se expresa. Esto nos da indicio del amor y cuidado absolutos que han sido otorgados a cada uno de nosotros.

Es fácil decir: "Yo soy un hijo o una hija de Dios". Muchos de nosotros aprendimos a decir en la escuela dominical cuando éramos pequeños: "Soy un hijo de Dios. Soy un hijo de Dios". Lo decimos con tanta soltura; no obstante, ¿cuántos sabemos lo que decimos? ¿cuántos comprendemos lo que esas palabras implican?, ¿cuántos, cuando lo decimos, incorporamos y sentimos el impacto trascendente de esas palabras?

Jesús a menudo se refirió a Dios como "Padre". La oración que nos enseñó empezó con "Padre nuestro", y estas dos palabras contienen más o menos todo lo que debemos saber sobre nosotros y nuestra relación con Dios y con otros. Esa pequeña frase nos dice que todos somos creados y amados por el Creador, quien hace que toda la raza humana esté compuesta de hermanos y hermanas en el sentido más verdadero de las palabras. Cada uno de nosotros tiene el mismo derecho a todo lo que el Padre tiene.