En nuestros genes

por Mary-Alice y Richard Jafolla

 

¿Ojos marrones o azules? ¿Cabello rizado o liso? ¿Piel blanca o negra? El ADN en cada célula contiene el patrón de aquello en lo que nos convertiremos. Este código genético determina las características físicas de nuestros cuerpos y nos hace verdaderamente únicos. 

Todos los seres vivos tienen un patrón. Una semilla de manzana contiene las instrucciones necesarias para crear ¡un árbol de manzana! Incluso, una simple ameba sigue un patrón preestablecido. Una inteligencia universal la ha diseñado y sabe cómo hacer que se manifieste. ¡Ahora pensemos en los cientos de billones de células que nos forman! Qué misterios y conocimientos están contenidos en nosotros —cada uno de nosotros se desarrolla de acuerdo al designio divino contenido en el núcleo de nuestra célula original.

¿Cómo ocurre? Hay inteligencia dentro de cada célula que lee el plano y, como un maestro constructor, dirige los elementos en el cuerpo a sus lugares asignados. Un patrón se forma y un individuo completamente único comienza a existir. 

Pero aún hay más maravilla en nosotros. El ADN de nuestros genes está ¡impreso con la presencia divina! ¡Tenemos la misma mente y naturaleza del Creador del universo en cada célula de nuestro cuerpo! Así como el ADN en nuestras células contiene el plano de nuestras características físicas, también contiene el plano de nuestra divinidad. No hay una célula de nuestro cuerpo que no tenga la huella del Creador. Nacemos con ella. Reconocer esta impronta genética nos ofrece una perspectiva más elevada de las cosas —un mejor sentido de lo infinitamente sagrados que somos y lo sagrado que toda vida es.

“Dios está en nosotros” adquiere un nuevo significado cuando nos damos cuenta que Dios vive en y a través de nosotros. Con la presencia de lo divino impresa en nuestro ADN, no podemos estar separados de Dios— literalmente somos parte de Dios capaces de hacer y de ser mucho más de lo que hacemos y somos actualmente. Ahora es el momento perfecto para reconocer la huella divina y permitirle hacer su voluntad en nosotros.