Elije el sendero del perdón

por Rosemary Fillmore Rhea

 

Al observar nuestro complejo y complicado mundo, podemos estar de acuerdo de que el ingrediente más necesario para lograr la paz y la armonía, a nivel universal, es el atributo del perdón.

Cuando estudiamos la historia de las civilizaciones, vemos que hay resentimientos, odios e injusticias que continuamente agitan los fuegos de la venganza en algún lugar de la psique humana.

Conflictos religiosos, étnicos y familiares continúan de generación en generación. Los recuerdos de las injusticias pasadas se extienden a lo largo de los siglos, y pocas personas parecen estar dispuestas a perdonar y olvidar.

Para sanar nuestro mundo, los seres humanos debemos aprender el arte del perdón, y reconocer que el proceso de curación debe comenzar en nosotros.

¿Cómo podemos hacerlo? ¿Cómo podemos aprender a perdonar cuando el mundo nos enseña que debemos reaccionar ante la injusticia, que aquellos que nos han causado dolor y pena deben ser castigados?

La respuesta yace en nosotros, en esa parte nuestra que sabe que es solo gracias al perdón podemos encontrar la libertad y la plenitud. Mientras mantengamos el "pensamiento de víctima", estaremos cediendo nuestro poder a la clase de personas y cosas que nos atan a nuestros dolores de ayer. vengo

Nuestra parte humana quiere desquitarse, hacer que la otra persona sufra como nosotros sufrimos. Tal vez hayamos escuchado la expresión: "No me enojo; desquito". Mas es esta moralidad de "ojo por ojo" la que ha causado mucha de la tragedia humana. Gandhi dijo que si todos practicaran el "ojo por ojo", pronto todos estaríamos ciegos. A largo plazo, la venganza no nos hace sentir mejor; ya que alimenta el ciclo interminable de las represalias. El perdón es la única manera de sanarnos a nosotros mismos y a nuestro mundo.

Entonces se le acercó Pedro y le dijo: “Señor, si mi hermano peca contra mí, ¿cuántas veces debo perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”  Jesús le dijo: “No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete" (Mateo 18: 21-22).

Luego, en Romanos, Pablo nos exhorta: “No paguemos a nadie mal por mal. Procuremos hacer lo bueno a los ojos de todo el mundo. Si es posible, y en cuanto dependa de nosotros, vivamos en paz con todos. No busquemos vengarnos, amados míos. …  No permitamos que nos venza el mal. Es mejor vencer al mal con el bien" (Romanos 12: 17-21 RSV).

Si alguien nos ha lastimado profundamente, esto podría parecer una tarea casi imposible, pero Jesús sabía que hemos perdonar si queremos disfrutar de paz y armonía.

Podríamos pensar: "Claro que me gustaría estar libre de mi ira, de mi dolor; pero ¿cómo puedo olvidar o perdonar cuando la injusticia es tan evidente, la traición tan devastadora?"

No es fácil perdonar. A veces, hacer que lo intolerable sea tolerable parece muy lejos de nuestro alcance humano. Y si solo fuéramos humanos, esto podría ser cierto. Pero no solo somos humanos, también somos divinos. En el momento en el que elegimos el camino del perdón, el amor divino, que es nuestro mismo corazón, aviva su poder milagroso.

El primer paso para liberarnos de nuestros dolorosos ayeres es perdonarnos a nosotros mismos. Es difícil perdonar a los demás cuando estamos llenos de autocondena y culpa. Perdonar nuestro pasado es ver nuestras vidas desde una perspectiva diferente, desde la perspectiva del amor. Cuando nos miramos con amor, vemos que cada experiencia, cada persona, ha sido parte del desarrollo de nuestras almas.

¿Acaso no tomamos nosotros decisiones imprudentes o hacemos y decimos cosas de las cuales nos arrepentimos? La forma en que reaccionamos a la vida de ayer tal vez no sea la forma cómo actuamos hoy. Sin embargo, cada nuevo día, cada nuevo momento nos brinda la oportunidad de elegir.

Es cierto que las personas se causan daño, y es difícil entender por qué algunas se comportan como lo hacen. Sin embargo, si miramos más allá del acto y vemos a la persona, nos daremos cuenta de que es su miedo, su falta de conciencia, lo que la hace actuar de manera destructiva y dolorosa.

Eso no quiere decir que debemos aceptar el mal comportamiento o mantener relaciones abusivas. Ya que hacer esto significa no respetarnos y, ciertamente no ayuda al abusador. Mas no es nuestra responsabilidad tratar de cambiar a los demás; nuestra responsabilidad entregarlos a Dios.

Y podemos hacerlo gracias al poder del amor. El mayor regalo que podemos dar a los demás es nuestra fe en que el amor sanador de Dios obra en ellos, generando paz y armonía en sus almas y en las nuestras.

Cuando dejamos ir y dejamos a Dios actuar, nos liberamos. Al perdonar somos perdonados.

Las siguientes son afirmaciones de sanación, para inspirarte a una conciencia del amor que siempre está contigo. Cuando dejes ir y dejes a Dios actuar, el poder sanador del amor hará su trabajo perfecto en ti.

El amor perdonador de Jesucristo fluye en y a través de mi mente y mi corazón, yo soy libre.

Yo estoy consciente de la presencia del amor en mí, sanando y restaurando mi alma.

Hago a un lado cualquier sentimiento de ira, resentimiento o dolor. Yo soy un ser espiritual en un viaje espiritual, y ninguna persona o experiencia puede impedir mi bien.

Te entrego a Dios, y te bendigo en tu camino. Te perdono, y yo soy perdonado. Cuando volvamos a encontrarnos, será en el espíritu del amor.

Gracias, Dios, porque ya está hecho.