El secreto de la vida

por Jim Rosemergy

 

Hay un secreto en la vida. Su revelación puede llegar en cualquier momento, pero parece que estamos más receptivos a dicho secreto durante momentos de gran confusión. El dolor nos vuelve más sensitivos a la voz interna que susurra en nuestras almas. Queremos saber por qué la vida es como es. Ya no estamos tan enamorados del mundo y sus promesas incumplidas. Pensamos que debe haber algo más y, por lo tanto, acudimos a Dios.

En este caso, hemos puesto a Dios en último lugar —nuestra última oportunidad para una vida significativa y feliz. Hemos tratado todo lo demás a nuestro modo. Es extraño, pero de la duda, el temor y la derrota surge el secreto de la vida: poner a Dios primero.

Hemos oído esas palabras antes. Ellas parecen un parloteo religioso. En el pasado, poner a Dios primero nunca estimuló nuestro mundo interno, mas ahora es diferente. Nuestro mundo externo se derrumba y la manera que conocemos no parece ser eficaz.

Finalmente, la experiencia humana nos enseña que la vida nunca puede ser lo que está destinada a ser cuando su centro está en los sueños y deseos humanos. Porque somos seres espirituales, la satisfacción no está en lo que tenemos, en lo que hacemos o en lo que nos sucede. El gozo y lo significativo llegan por lo que sucede en nuestro interior.

El secreto de la vida ha sido revelado a toda generación. "Busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas" (Mateo 6:33). “Traigan su diezmo al tesoro del templo, y así habrá alimentos en mi casa. Pónganme a prueba en eso, a ver si no les abro las ventanas del cielo para vaciar sobre ustedes la más rica bendición." (Malaquías 3:10).

Una y otra vez se enfatiza que los primeros frutos de la cosecha han de ser dados a Dios. Aun el primogénito había de ser dedicado al servicio de Dios. Si ponemos a un lado el ritual y las prácticas religiosas y llegamos al fondo del asunto, descubrimos que el verdadero mensaje es poner a Dios primero. ¿Es necesario para el Espíritu que se Le ponga primero? ¿Necesita el dador de la cosecha los frutos de nuestros campos? ¿Halagarán nuestros regalos a un reacio de manera que bendiga a Su creación?

Dios no necesita que se Le ponga primero. Poner a Dios primero no es para Dios; es para nosotros. Poner a Dios primero nos cambia. Hay humildad. Ya no somos el centro del universo. El Espíritu toma Su lugar correcto en el centro de la vida, y la experiencia humana se vuelve la circunferencia.

Es una paradoja, porque cuando hacemos la experiencia humana el punto central, nos limitamos. Jesús lo expresó de esta manera: "Todo el que procure salvar Sil vida, la perderá; y todo el que la pierda, la salvará" (Lucas 17:33). La vida se vive mejor cuando no damos atención a nuestra experiencia terrenal. La vida da la impresión de ser vivida en la circunferencia del círculo, pero el gozo y el significado no se encuentran en la periferia. Ellos residen en el centro con Dios.

Poner a Dios primero implica acción. Nuestra espiritualidad se mueve desde la cabeza a través del corazón al mundo en que vivimos. Cuando la vida nos reta grandemente y preguntamos a Dios dónde está el bien, ponemos a Dios primero. Cuando algo maravilloso ocurre y nuestro primer pensamiento es: "Gracias, Dios", ponemos a Dios primero. Cuando el tiempo más importante del día es nuestro tiempo de oración, vivimos desde la conciencia de poner a Dios primero.

Algunas veces creemos que no tenemos tiempo para orar. Tenemos tanto que hacer. La gente que pone a Dios primero descubre que unos momentos de descanso en el centro del círculo la hace más eficiente. Las respuestas y la guía llegan rápidamente. Ella parece saber qué hacer.

El Espíritu ha dado un don a cada uno de nosotros. Si lo usamos únicamente para nuestro beneficio, Dios no es primero; Dios es último. Pero cuando compartimos el don para la gloria de Dios, vivimos en el centro del círculo.

Tal vez trabajemos asiduamente por el dinero que ganamos, pero la Presencia es nuestra fuente, y nuestro empleo o pensión es el medio que usa el Espíritu para expresarse. Nunca trabajamos solos. Hay una asociación invisible con la Presencia. Ponemos a Dios primero cuando compartimos nuestras bendiciones financieras de una manera que apoya el despertamiento espiritual de la familia humana.

Cuando ponemos a Dios primero, vivimos no sólo en un círculo sagrado cuyo centro es divino; descansamos en el corazón de Dios, y Su amor se aviva en nosotros. Nuestras relaciones no son solamente armoniosas, ellas son sagradas. Nuestro trabajo no sólo es productivo, es sagrado.

La conciencia de poner a Dios primero nos permite ver Su presencia en gente y situaciones difíciles. Hasta una caminata en el bosque es entrar al reino. Queridos amigos, Dios está en todas partes; pero cuando nos ponemos primero, no podemos ver la maravilla del mundo. Cuando ponemos a Dios primero, Dios es lo que vemos. Este es nuestro destino; es parte del plan divino. Con este fin, se revela un secreto para ti: ¡pon a Dios primero!