El regalo más preciado

por Marchel Alverson

 

Regalo Preciado por Marchel Alverson

James Dillet Freeman una vez escribió acerca de la emoción que los niños sienten durante la Navidad. En su artículo: “Mi oración para ti esta Navidad”, Freeman nos alienta a recordar la emoción y el asombro de los niños durante la Navidad.

Él reiteró: “La Navidad tiene el poder de avivar nuestro sentido de maravilla por que hace que nos volvamos como niños. Los niños tienen un gran sentido de maravilla. Así que esta noche, antes de dormir, cierra los ojos y recuerda las navidades de tu niñez. O aun mejor, siente la maravilla en tu corazón”.

A medida que leía y releía sus palabras, el recuerdo de yo estar brincando frente al árbol de Navidad cuando tenía nueve años vino a mi mente. Vestida con una pijama de algodón de rayas rosadas, despeinada y aplaudiendo según miraba con emoción la montaña de regalos para mis dos hermanos y para mí. También recuerdo el aroma de panecillos de canela recién horneados entremezclado con el olor de pino del árbol de Navidad que habíamos elegido y comprado con mis padre unas semanas atrás.

Esa Navidad en particular, yo estaba esperando un regalo especial que mis ojos todavía no podían distinguir de entre los lazos de colores y cajas brillantes. Yo sabía que iba a recibir este regalo porque había dejado un vaso de leche y unas galletas para Santa la noche anterior. Sí, yo todavía creía en Santa. Me sentía llena de emoción.

Finalmente, llegó el momento de abrir los regalos. Mientras que mis hermanos expresaban deleite según abrían regalos que contenían carros y figuras de súper héroes, yo fingía sentir emoción por haber recibido ropa, muñecas y un hornito Easy-Bake. El juguete que yo desesperadamente quería no estaba allí.

Según comenzamos a recoger los papeles y las cajas, mi padre se dirigió al segundo piso de la casa. “No puede ser”, pensé. Entonces, escuché que mi padre bajaba haciendo gran ruido. Lo miré y sonreí. Allí estaban… tres enormes trineos con lazos rojos. ¡Uno para cada uno de nosotros¡ ¡Yo sabía que el haberme comportado durante el año iba a ser reconocido! Di un brinco para abrazar a mi padre y agarré mi trineo con gran alborozo.

No era coincidencia que los trineos eran grandes y azules. En ese entonces, los inviernos en Kansas City eran fuertes y, a veces, la nieve me llegaba hasta la cintura. Sin embargo, en vez de quejarme y protestar, disfrutaba la nieve. Esa Navidad, hubo una gran cantidad de ella.

Disfrutamos de días de nieve, vacaciones navideñas y Big Blue. Big Blue recibió su nombre porque el vecindario donde vivíamos se llamaba “Blue Ridge Village”. Big Blue consistía de dos enormes colinas en medio de nuestra comunidad donde jugábamos con nuestros trineos. Era muy importante tener el trineo preciso cuando te deslizabas por Big Blue; para ganar las competencias y, más todavía, para que los otros niños no se burlaran de ti.

Quienes se atrevían, se deslizaban por Big Blue utilizando pedazos de cartón, los cuales se desbarataban al segundo o tercer intento. Los niños más valientes construían una rampa entre las dos colinas para hacer que el deslizamiento fuera más riesgoso. Ese día decidí deslizarme por la rampa.

Luego de unos bocados de panecillos de canela y un trago rápido de jugo de naranja, mis hermanos y yo nos vestimos en capas —dos pares de pantalones y camisas, gorras, guantes y abrigos— y agarramos nuestros trineos. Mi padre tenía otra sorpresa ese día. “Voy a ir con ustedes”, dijo, según se ponía su abrigo. Gritamos con aun más emoción al irnos a Big Blue para jugar.

Ese día se ha quedado grabado en mi memoria: deslizándome en Big Blue con mi padre empujando mi trineo o sentado junto a mí; mis hermanos y yo compitiendo con los otros niños del vecindario mientras que mi padre decía: “En sus marcas. Listos. ¡Fuera!” ondeando una bandera imaginaria. Recuerdo que él era el único padre allí ese día; él se quedó con nosotros hasta que se nos durmieron los dedos del frío. Entonces, nos fuimos a casa para calentarnos y tomar el chocolate caliente que mi madre había preparado.

Esa fue la última Navidad en la que me deslicé por Big Blue. El último año en el que viví en ese vecindario. La última vez que estaríamos juntos como familia. La última vez que hablé o vi a mi padre hasta mi graduación unos 13 años más tarde.

El significado de esa Navidad ha cambiado para mí con el pasar de los años. No fue el regalo lo que importó sino tener a mi padre en mi vida en ese entonces. Tenerlo allí fue mi regalo. Él fue la maravilla y la emoción. Mi padre y yo ahora tenemos una buena relación. Y ahora como madre me aseguro de compartir una tradición navideña duradera con mis hijos.

Cuando mis hijos emprendan sus vidas solos, deseo que mantengan la conciencia de que el estar juntos es el verdadero regalo.