El poder sanador del perdón

Immaculée Ilibagiza

Artículo de La Palabra Diaria

En la primavera de 1994, yo era estudiante universitaria, y regresaba a casa para Pascua Florida. Disfrutaba la vida que llevaba en mi tierra natal, Ruanda, con padres que me amaban y velaban por mí, y con tres hermanos maravillosos que me apreciaban.


Aunque pertenecíamos a la etnia minoritaria Tutsi en un país gobernado por el régimen extremista Hutu, nunca pudimos imaginar el genocidio que estaba por comenzar. El 6 de abril, el presidente de Ruanda, un Hutu, murió al estrellarse el avión en que viajaba, y los rebeldes Tutsis fueron acusados de haberlo derribado. Mi familia y millones de otros Tutsis, sabían que habría represalias.


Recibimos órdenes de no abandonar el país, y la vida que conocíamos cesó. Cuando comenzó la matanza de Tutsis, mis padres me enviaron a esconderme en la casa del pastor Simeón Nzabahimana, un Hutu que simpatizaba con nosotros. Los demás miembros de la familia se escondieron en otros sitios.


El pastor también ayudó a esconder a otras siete mujeres. Nuestro escondite fue un pequeño baño en su casa. Las ocho estábamos hacinadas en un área de tres por cuatro pies. Allí pasaríamos los siguientes tres meses. De vez en cuando, y sólo por las noches, salíamos del baño e íbamos al cuarto contiguo a acostarnos. Había una ventana en este cuarto, por lo tanto, no nos atrevíamos a estar ahí durante el día.


El pastor dijo a sus dos niños que la llave de ese baño se había perdido. Las otras mujeres y yo escuchábamos un radio que el pastor Simeón puso fuera del baño. La emisora BBC informaba diariamente el número creciente de Tutsis que habían sido brutalmente asesinados. Familias enteras fueron eliminadas.


Por espacio de tres meses, sin atrevernos a hacer ningún ruido que nos delatara, hacíamos señales con las manos para comunicarnos. El pastor Simeón nos traía agua y comida, una vez al día o a veces cada dos días. Bajábamos la palanca del inodoro sólo cuando oíamos que hacían lo mismo en el otro baño.


Asesinos Hutu vinieron a la casa a indagar. Mientras registraban, oré el Rosario silenciosamente. Contuve el aliento cuando oí que los hombres se acercaban a la puerta del baño. Creo que fue un milagro que se hayan ido sin abrir la puerta.
Sabiendo que regresarían, le rogué al pastor que pusiera un armario grande frente a la puerta del baño. Así lo hizo, y puso maletas encima del armario. Al escuchar las noticias de la BBC sobre el genocidio desde el silencio del baño, mi furia aumentaba, llegué a imaginar que yo era un soldado en busca de venganza.


Mi ira aumentó tanto que llegué al punto de enojarme conmigo misma. Me preguntaba cómo orar a Dios por ayuda en medio de la ira que sentía. Creí que algún día saldría del confinamiento de ese baño y comenzaría a vivir de nuevo. ¿Mas, cómo podría vivir si aún me encontraba llena de rabia y sufriendo el daño que el odiar a otros me causaba?


Oraba y leía la Biblia y comprendía cada vez más que todos somos hijos de Dios. Acepté que aquellos que asesinaban a otros no comprendían esta verdad. La ira y el odio los cegaban. Comprendí que para poder continuar viviendo una vez que estuviera libre, tenía que perdonar. Cuando los Hutus fueron derrotados y el genocidio llegó a su fin, fuimos rescatadas. Me enteré de quién había sobrevivido y quién no. Mataron a toda mi familia: mi madre, padre, mis hermanos, abuelos, tías, tíos y primos, con excepción de un hermano que estaba fuera del país. Muchos de mis amigos y vecinos también murieron. Luego supimos que casi un millón de personas habían sido asesinadas en el genocidio, siendo Tutsis la mayoría de ellas, pero también algunas personas que simpatizaban con los Hutu.


Perdonar lo imperdonable

Me informaron que uno de mis antiguos vecinos era el líder de la pandilla que asesinó a mi hermana y mis hermanos. Cuando supe que él se encontraba preso en una cárcel local, decidí ir a verlo. No sabía lo que haría cuando lo viera frente a frente.


Cuando el guardia lo trajo desde su celda, casi no pude reconocer a mi antiguo vecino, padre de los niños a quienes yo había conocido durante mi infancia. Su cabello estaba desarreglado y tenía pedazos de comida que colgaban de su barba. Me miró desafiante. Luego, al decirle con calma y sinceridad: “Te perdono”, mi alma se llenó de paz. Quise liberarme del odio, porque vi lo que el odio de este hombre y otros Hutus había hecho. Su mirada desafiante desapareció e inclinó su cabeza. Estoy segura de que fue por la vergüenza de lo que hizo.


Cuando ya me iba, el Tutsi que administraba la prisión me dijo con rabia: “¿Cómo puedes perdonarlo?” Éste hombre perdió a sus niños durante el genocidio. Un año después, lo vi de nuevo y me dijo que yo había cambiado su vida. Él había sentido tanto odio y rabia que se sentía miserable. Cuando vio que yo pude perdonar y seguir adelante con mi vida, a pesar de todo por lo que había pasado y lo que había perdido, él se dio cuenta de que quería hacer lo mismo.


Habiendo sanado mi corazón y después de comenzar de nuevo en Estados Unidos, quise ayudar a otros en su sufrimiento emocional y ayudar a sanar mi tierra natal. He contado mi historia en los libros Left to Tell (traducido al español como Sobrevivir para contar) y Led By Faith, y fundé Left to Tell Charitable Fund, un fondo destinado a ayudar a los niños que quedaron huérfanos como consecuencia del genocidio. Gracias a este fondo, muchos niños han sido colocados en hogares guarda.

Todos pasamos por dificultades, y es importante no rendirnos. Para seguir adelante y vivir con plena satisfacción, tenemos que tener la paz mental que el perdón nos brinda.

Cuatro años después de la tragedia en su tierra natal, Immaculée Ilibagiza inmigró a los  Estados Unidos. En el 2007 le fue conferido el premio The Mahatma Gandhi International Award for Peace and Reconciliation. Para más información, visita www.immaculee.com.