El inherente indicador divino—Parte 1

por Mary-Alice y Richard Jafolla

 

Es una historia ya conocida, bien documentada en las revistas de investigación científica: los infantes en orfelinatos o instituciones semejantes, tienden a ser letárgicos, más pequeños de lo normal  en estatura y muestran signos vitales más débiles que otros bebés. Se les dan los requisitos físicos indispensables —alimento y bebida, y medicamentos cuando es necesario— mas eso no es suficiente para mantenerlos bien. Sin embargo, si alguien los carga y los mece en sus brazos tan a menudo como sea posible, les habla con ternura y les ama, de pronto los niños empiezan a ganar peso normalmente y su salud y porcentaje de mortalidad mejoran dramáticamente.

La sabiduría convencional diría que los niños mejoran sencillamente porque se les da mucho amor, y ese amor fue la medicina que liberó las hormonas y enzimas naturales necesarias para el crecimiento y la salud normales. La evidencia científica parece confirmar esta sabiduría convencional.

Dios nos ha creado a todos tan completos que, tan como el huevo que se desarrolla dentro del cascarón, no hay nada que puede añadirse para darnos, más potencialidad. En la superficie, parecerla que los niños sufrían porque necesitaban amor para desarrollarse normalmente, y que habiendo sido privados de amor, ellos se desarrollaron anormalmente.

Pero somos seres espirituales. Como creaciones de Dios, somos perfectos y completos y, por tanto, no se nos tiene que añadir nada, sólo tenemos que liberar o dejar ir. El amor debe ser liberado.

Si reflexionamos espiritualmente en esta historia. llegamos a una conclusión diferente: los niños se volvieron más saludables no porque fueron amados, sino ¡porque se les dio la oportunidad de amar¡ Esta es una diferencia crucial. No se les dio amor; ellos liberaron su amor. No podemos estar completamente vivos hasta que expresemos el amor que tenemos. No tenemos que recibirlo de otros. De hecho, ¡no podemos recibir amor de otros! No tenemos lugar para él. Todo lo que podemos hacer es dejar que el amor que otros tienen por nosotros sea un catalizador para la liberación de nuestro propio amor.

Recibimos verdadero amor sólo de Dios. Sólo cuando dejamos que Su amor se vierta a través de nuestros corazones a los corazones de otros, expresamos el amor de la manera que Jesús nos dijo que hiciéramos.

Aun Scrooge aprendió a amar

Scrooge, el protagonista de la historia clásica de Dickens Una Canción de Navidad, era un hombre antipático, mezquino, cruel, totalmente repugnante, que no era amado y no atraía amor. Vivía la vida de un avaro. El guardaba todo, no daba de si mismo, no daba sus sentimientos o sus posesiones.

Sin embargo, cuando fue forzado finalmente a reconocer su ser mayor, él cambió completamente. Empezó a amar a todos y encontró tal alegría al dar y ayudar a otros que su vida cobró nuevo significado. Aunque su amor no fue reciprocado inmediatamente. estaba tan envuelto en liberar el amor que sentía, que no le importaba si alguien no le amaba en cambio. Eso no le hacía desistir ni desalentaba su amor.

Scrooge se sintió bien, no porque se sentía amado, la gente estaba demasiado sospechosa de sus motivos para amarle. El se sentía bien simplemente porque amaba. De pronto, Scrooge amó amar! El mismo acto de amar a otros era suficiente satisfacción para él.

En esta maravillosa novela y por medio de este personaje extraordinario, Dickens ha comunicado la gran lección de amor: el amor no es una mercancía que podemos adquirir y acaparar. El amor sólo puede ser liberado.

"¿Cómo puedes obtener más?"

La pregunta verdadera no es, ¿cómo puedo obtener más amor? La pregunta es, ¿cómo puedo expresar más el amor que ya tengo?

Tal vez resistamos esa idea porque hemos dado siempre amor, de manera que podamos recibirlo. Eso es amor condicional. Implícito en ese amor es: "Te daré amor siempre y cuando me des amor". Pero el amor no trabaja de ese modo, no el verdadero amor, no el amor erístico. Expresamos el verdadero amor no para ser reciprocados, sino para ser avivados completamente.

Los niños hacen eso instintivamente. Cuando un niño no se siente feliz y amado, abraza su animalito predilecto de peluche. Al abrazarlo y amarlo, el niño se siente mejor. ¿Por qué? ¿Fue el osito de juguete que amó al niño? Difícilmente. El osito de juguete es sólo un montón de lana, algodón e hilo con botones que sirven de ojos. Los animalitos de peluche no contienen amor, ¡pero el niño sí contiene amor! A medida que el niño abraza y acaricia el animal, el amor, la verdad esencial del ser de ese niño, se expresa y el niño siente la calidez del amor.

Como adultos, podemos abrazar los animalitos de peluche y sentir la calidez del amor, mas hay un método preferible que trabaja mejor y con mayor rapidez.

Es expresar amor como Jesús guió: "Que os améis unos a otros".

El único mandamiento de Jesús

Imagina el poder de Jesús, un hombre que podía ordenar las fuerzas del universo. El pudo haber hecho muchas declaraciones sobre cómo encargarnos de ese poder, sin embargo eligió dejarnos solamente un mandamiento: "Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado". Jesús amó incondicionalmente.

Podemos amar incondicionalmente. De hecho, en algún momento de nuestras vidas debemos hacerlo. Sin embargo, no es tan difícil como puede parecer, porque el amor incondicional, el amor erístico, es el más natural de todos. Amar a otro es el más instintivo de todos los reflejos. El hecho de que se nos haga difícil hacerlo no quiere decir que sea tanto un rasgo artificial como un rasgo olvidado. Somos, y siempre hemos sido, capaces del amor incondicional, el verdadero amor. Es la parte más natura l de nosotros porque es la substancia de Dios.