El Cristo Interno

El Cristo Interno
por Charles Fillmore

 

Hacemos una distinción entre el ser humano ideal y el ser humano práctico. En el mundo de hoy estamos divididos entre los idealistas y los materialistas, o los que están en el lado práctico de la vida. Jesucristo unificaba a los dos. Él no era solamente un idealista, él veía como ve un poeta, mas también aplicó sus ideales a la realidad y a la vida. Él no solamente podía ver este sustento del Espíritu, sino que también veía que Dios proveía para cada necesidad del alma, y lo demostró alimentando a las multitudes. No solamente los alimentaba con sus palabras, en las cuales él confiaba grandemente, sino que también logró una unidad espiritual entre su palabra y la Mente Infinita. Jesús dijo: “El espíritu es el que da vida... Las palabras que yo les he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63).

Muchos filósofos han dicho lo mismo. Pero, ¿acaso han demostrado que sus palabras son Espíritu y vida? Jesús dijo: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo” (Juan 6:51). Eso también puede ser pronunciado con facilidad por alguien que también haya tenido ese despertar. Pero, ¿acaso lo ha llevado al punto de poder manifestar hogazas de pan? Eso fue lo que Jesús hizo. Él forjó cada promesa y cumplió esas promesas en su vida. No obstante, aquellos que le precedieron eran poetas. Ellos vieron las posibilidades maravillosas, pero no habían entendido aún el otro lado de esta propuesta. Estaban buscando un milagro. Estaban buscando algo muy lejos. Estaban buscando que Dios hiciera por ellos algo que ellos debían hacer por sí mismos.

Isaías pudo ver cuáles eran los pasos en el camino del ser humano para llegar al entendimiento, para entrar en contacto con la Mente Infinita y su expresión. No obstante, hacer esto no es un milagro. No es algo que el Señor nos va a dar. Él ya nos lo ha dado. Está aquí. Esta celebración del alma está aquí todo el tiempo. Sin embargo, estamos gastando nuestra energía y nuestro dinero en cosas, y tenemos la expectativa de que esas cosas nos darán satisfacción, pero nunca la obtenemos. Así que, yo digo que el dinero representa el esfuerzo. Algunas escuelas de economía enseñan que nunca se debe emitir dinero sin algo que lo respalde. Eso significa que el dinero representa trabajo y esfuerzo. Eso es lo que esperamos. El dinero es un símbolo de los esfuerzos que has llevado a cabo.

Ahora tenemos aquí este laboratorio en el que toda cosa en Espíritu puede ser tomada e idealizada mediante la mente. Cada uno de nosotros tiene un maravilloso laboratorio. Es un molino en el que las ideas —o el maíz y el trigo de la Mente Infinita— se convierten en harina, y en carne y hueso, a través de la mente. Recuerda, tu mente es tu aliada y debes recurrir a la mente. Debes recurrir a esa fuerza para obtener resultados. Solamente obtenemos resultados mediante la actividad de nuestra mente.

Pero, ¿acaso estamos mirando en la dirección correcta? ¿Estás recurriendo al Espíritu, o a la sustancia, para satisfacer el hambre del alma? Mucha gente dice: “Pues, yo solo quiero conocer la Verdad. Yo quiero conocer la Verdad desde su propia fuente. No la quiero de ninguna otra manera, solo directamente de Dios”. Pues, ¿estás buscando a Dios? Algunas personas están buscando a Dios allá afuera, por supuesto, muy lejos. Debes entender que Dios es Espíritu, que ese Espíritu trabaja para ti todo el tiempo. Una vez logras un entendimiento, una vez puedas ver y comprender los principios fundamentales del Espíritu, que el Espíritu es bueno, el Espíritu es bueno... Ahora piensa sobre eso como la esencia misma del Espíritu y comenzarás a sentir de inmediato que la vida del Espíritu se expresa a sí misma de buenas maneras y que el mal no es parte del Espíritu en lo absoluto.

Todos los que tengan sed, vengan a beber agua;
los que no tengan dinero, vengan,
consigan trigo de balde y coman;
consigan vino y leche sin pagar nada.
¿Por qué dar dinero a cambio de lo que no es pan?
¿Por qué dar su salario por algo que no deja satisfecho?
Óiganme bien y comerán buenos alimentos,
comerán cosas deliciosas.
Vengan a mí y pongan atención,
escúchenme y vivirán.
Yo haré con ustedes una alianza eterna,
cumpliendo así las promesas que por amor hice a David.
—Isaías 55:1-3

Ahora, el próximo paso después del pensamiento es la Palabra. Tú pronuncias la Palabra. Eso nos lleva al centro mismo de la lección: la Palabra. Jehová dijo: “Así será mi palabra que sale de mi boca: No volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para lo cual la envié” (Isaías 55:11). En otras palabras, la Palabra de Jehová es la fuerza creativa. Tiene dentro de sí todo lo que el ser humano podría desear. ¿Y cuál es la relación entre tu Palabra y la Palabra de Jehová? Tiene la misma relación que tiene una cosa buena con una buena causa y un buen efecto.

Quiero que esto quede en sus consciencias porque es el fundamento de todo el éxito: el poder de tus pensamientos y tus palabras. Si entendiste eso y te diste cuenta de que la Palabra está muy cerca de ti, entonces, cada palabra que hables, tendrá resultados.

Pero, hay algunas palabras en especial con las cuales obtienes mejores resultados. Jesús dijo: “Cada uno de ustedes dará cuenta de cada palabra ociosa que haya pronunciado” (Mateo 12:36). Pero, ¿por qué no obtenemos los resultados que obtuvo Jesús cuando habló su Palabra? Las palabras que él dijo son tan vitales que “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mateo 24:35). ¿Qué clase de palabra es esa? ¿De qué manera es diferente a nuestras palabras? Jesús pronunció lo que nosotros llamamos palabras verdaderas. Tal y como dije al comienzo, este principio infinito que es el trasfondo de todo, es un principio bueno. Es el bien absoluto. Solo en la medida en que le demos forma a la mente para manifestar el bien y a nuestras palabras para crear el bien, nos acercaremos a esa manera de pronunciar la Palabra como lo hizo Jesús. Ahí está todo el secreto. La Palabra está muy cerca de ti: la capacidad de expresar palabras de Verdad que siempre traerán resultados.

Ahora, si quieres demostrar el poder de la Palabra, préstale atención a la clase de palabras que dices. ¿Dices palabras buenas, constructivas, palabras que te gustaría que fueran manifestadas? Pues, yo escucho muchas veces al día la expresión: “Yo estaba muerto de miedo”. La gente usa esas palabras sin pensarlo. ¿Cuál es el resultado? Debes tener cuidado con el tipo de palabras que utilizas. Palabras como esas que se dicen en la superficie no se manifiestan de inmediato, pero si las sigues repitiendo día tras día, se manifestarán en la consciencia. Cada célula de tu cuerpo vibra con esa palabra.

Por el otro lado, supongamos que siempre has estado pronunciando palabras de Verdad. Date cuenta de esto antes de hablar: “La palabra que hablo es la Palabra de Verdad, es una palabra constructiva. Solo hablo palabras de bien. No hablo palabras de maldad acerca de ninguna persona, ni siquiera de mí mismo. Solo hablo las palabras de bien que quiero manifestar. “Mi palabra hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para lo cual la envié”. Si tú eres la imagen y semejanza de Dios, tus palabras son constructivas o destructivas según las ideas y el carácter que hayas puesto en ellas. Es importante estar atentos al tipo de palabras que pronunciamos. Estamos invitados aquí para una gran fiesta. La fiesta es la sustancia, la vida, la inteligencia, el amor y todas las cosas buenas que el ser humano pueda concebir. Esa celebración espera por ti, para que te apropies de ella.

Si piensas que Dios es un amo difícil, que te pone obstáculos, y te preguntas por qué naciste bajo estas circunstancias difíciles, obtienes ese tipo de Dios en tu consciencia. No te puedes permitir hacer eso. Eso no es justo para Dios. Dios es principio. Dios es Verdad. Dios es bueno y tú puedes obtener de ese bien. Tú puedes aceptar esto y tener todas las cosas buenas que quisieras con tan solo ajustar tu mente. Es cuestión de ajustar la mente. Hay una ley que la respalda, una Ley del Pensamiento, y todas las personas pueden participar de esta fiesta maravillosa de cosas buenas en el Espíritu.

Pero, una vez participamos en ella, ¿cuál es el próximo paso? Debemos asimilarla. Debemos pensar acerca de algo y luego hemos de expresar el pensamiento. Es decir, debemos pronunciar la Palabra nosotros mismos. Habiéndola recibido libremente, debemos darla libremente. Debes expresar en tu mente, tu cuerpo y tus asuntos esta maravillosa inspiración que has recibido del Espíritu.

Ahora ha llegado el momento —mediante la venida de Jesucristo a la humanidad— en el que todos los elementos en el mundo exterior pueden ser armonizados y llevados a expresión. Ahora, mediante el amor, entramos en contacto con este Padre amoroso universal, y el imán del amor atrae todas las cosas buenas. Y, tras haber atraído todas las cosas buenas mediante la Mente del Espíritu, comenzamos a expresarlas, a brindarlas, a darlas mediante el poder de nuestro pensamiento y nuestras palabras. Pero es importante vigilar tu Palabra. Vigila tu Palabra. Esta será la lección que nos llevaremos hoy: vigila tu Palabra. No hablaremos palabras de maldad. No hablaremos palabras destructivas. No hablaremos palabras de cosas que no queremos manifestar en nuestros asuntos. Solamente pronunciaremos aquellas palabras que son verdaderas y rectas ante los ojos de Dios. Y entonces, mi Palabra y la Palabra de Dios estarán unificadas y puedo decir con Jesús: “Las palabras que yo les hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre, que vive en mí, es quien hace las obras” (Juan 14:10). Amén.