El círculo perfecto II

El círculo perfecto II
Eric Butterworth

Jesús puso mucho énfasis en ese algo místico que llamó “cielo”. Habló sobre él a menudo y, por lo general, en parábolas. Si el reino del cielo estuviera en un lugar lejano en los cielos, una ciudad con calles doradas, Él hubiera podido fácilmente situarla de tal modo. Sin embargo, dijo: “El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza. ... El reino de los cielos es semejante a la levadura” (Mateo 13;31,33). Extrañas comparaciones si Él hubiera tenido en mente un lugar donde los buenos van después de la muerte. Finalmente, dijo: “El reino de Dios no va a llegar en forma visible. No se va a decir: ‘Aquí está’, o ‘Allí está’; porque el reino de Dios ya está entre ustedes” (Lucas 17:20-21, Versión Popular).

Parece obvio que el reino de Dios o del cielo, según Jesús, se refiere a un fase invisible, y sin embargo muy real de la vida, más bien que a un lugar que sólo es asociado con la muerte. La palabra cielo viene de la palabra griega ouranos que quiere decir “en expansión”. Seguramente las parábolas de Jesús sobre el cielo parecen indicar el milagro de crecer en lo que crece. El cielo, entonces, es ese maravilloso germen de posibilidad que está dentro de toda la creación de Dios. Es el círculo perfecto dentro del arco roto. El cielo es el potencial de perfecta salud y felicidad en la enfermedad, angustia y fracaso.

El reino de Dios es una substancia, o vida, o esencia mental que es la raíz de todas las cosas, la substancia primordial de la cual todas las cosas se hacen. No es vida o fuerza según la reconocemos, sino algo mucho más concentrado que eso. Es la concepción de vida y de substancia primordial como la suma de todos sus poderes no distribuidos, aún sin ser ninguno de éstos en particular, pero todos ellos en potencialidad. Ahora vemos por qué Jesús tenía que emplear parábolas para enseñar una idea tan abstracta.

Debido a que siempre hemos asociado el cielo y el infierno con la vida después de la muerte, acaso nos preguntemos, ¿qué hay en cuanto a la inmortalidad? ¿Qué ocurre “más allá del ocaso de la vida terrenal”? Primero que nada, recordemos que no tenemos que morir para ser inmortales. Somos inmortales aquí y ahora. Jesús habló mucho sobre la inmortalidad y eternidad, pero nosotros no hemos comprendido el verdadero sentido de Sus palabras porque hemos pensado en términos de tiempo y espacio, de cuándo y dónde. Jesús no habla sobre lo que ha de ser, sino de lo que ahora es.

En Juan 5:24, Jesús dijo: “Quien presta atención a lo que yo digo y cree en el que me envió, tiene vida eterna; y no será condenado, pues ya ha pasado de la muerte a la vida” (Versión Popular). No “tendrá”, sino que ¡“tiene”! Cuando oyes la Verdad y crees en ella, cuando se vuelve parte de tu conciencia, de repente tienes vida por primera vez. Tus ojos se abren y ves las cosas y la gente a fondo. Estás consciente de una nueva dimensión de vida que revela la intención y el propósito que todas las cosas tienen.

Somo anfibios y vivimos en dos mundos, no en sucesión, sino al mismo tiempo —dos mundos que aún son uno. Somos seres espirituales y vivimos en un mundo espiritual, gobernado por ley espiritual. Pero también estamos revestidos de forma humana y nos movemos en la experiencia humana. Vivimos preocupados con lo físico y material, pero como Eclesiastés nos dice: “... (Dios) ha puesto eternidad en el corazón del hombre” (Ec. 3:11). En cualquier momento podemos percibir la profundidad, la amplitud y los recursos infinitos de la vida en la dimensión de la eternidad.

Acaso pienses ahora, “A pesar de todo lo dicho, el hecho es que la gente muere y la vida parece terminar. ¿Qué hay en cuanto a la realidad de la muerte? Ha habido siempre una creencia instintiva en la inmortalidad del alma, en una vida que continúa de alguna manera después de la muerte. La muerte siempre ha sido la pregunta sin contestar, porque la verdad sorprendente es: ¡jamás ninguna persona ha visto la muerte! Solamente vemos lo que la muerte no puede usar más, lo que deja atrás.

Uno de los problemas para lograr comprensión espiritual de la vida es que la mayor parte de nosotros está centrado en el cuerpo más bien que en el alma. Podemos aprobar intelectualmente la idea del alma, pero nos referimos a ella como algo que es añadido a nuestra naturaleza. Podemos decir, “tengo un alma”. Pero no tienes un alma en absoluto, aunque esto te parezca raro. Tú eres un alma y tu alma tiene un cuerpo.

Ciertas doctrinas cristianas erróneas han hablado vagamente de la posibilidad de perder tu alma. ¿Cómo puedes perder lo que eres? El alma tuya es tu identidad eterna. Ella es la faceta de la vida de Dios, que es tu privilegio y responsabilidad expresar y perfeccionar.

El cuerpo físico es una expresión de vida —maravillosamente creada y sostenida, en realidad “el templo del Dios viviente”. Sin embargo, el cuerpo no es el centro de tu vida, sino sencillamente el medio de su expresión externa. Si el cuerpo se vuelve inadecuado para seguir sirviendo, si sucumbe a las creencias raciales de enfermedad, edad y deterioro, y debido a esto es puesto a un lado, eso de ningún modo quiere decir que la vida ha terminado para ti. Simplemente significa que tú, como ser viviente, te mudarás de una habitación a otra en la casa del Padre la cual tiene muchas habitaciones, según Jesús nos asegura.

Encontramos una mezcla rara de prácticas paganas e ideales religiosos confusos en la costumbre moderna de los fune rales. La práctica de embalsamar el cuerpo y ponerlo a la vista viene del antiguo concepto egipcio de adorar a los muertos. Debe llegar el tiempo cuando los cristianos acepten la idea de “... deja que los muertos entierren a sus muertos” (Mateo 8:22), cuando se ponga fin cuidadosa y amorosamente al ropaje de la carne por medio de la cremación, cuando el funeral sea un simple tiempo de oración por guía para el ser amado que sigue adelante a una experiencia nueva, y por fortaleza y consuelo para los que quedan.

La realidad de la muerte presenta muchos problemas al estudiante sincero de religión. ¿Cómo explicamos todo lo que parece tan inconcluso, tan incompleto, por una parte, y el mandamiento de Jesús; “Sed, pues, vosotros perfectos” (Mateo 5; 48), por otra parte? Éste es el eterno llamado a proseguir a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús, según nos dice Pablo en Filipenses 3:14. ¿Cómo podemos justificar el hecho de que tantas almas nacen y viven sus vidas en mediocridad y frustración? Obviamente Jesús no hubiera dado el mandamiento si no hubiera los medios por los cuales pudiera y debiera ser cumplido.

¿Cómo podemos explicar la aparente desigualdad en la vida? ¿Se supone que todos lleguemos a la misma altura aunque comencemos en distintos niveles? Se nos dice que toda la gente es creada igual, que todos son hijos de Dios.

La aflicción es simplemente un medio de resolver algo que, de acuerdo con la conciencia de lapersona, no se podía resolver de ninguna otra manera. Ésta es una buena contestación a la pregunta enigmática que a menudo preguntamos de la vida: “¿Por qué me sucedió esto a mí?” A pesar de la ley de causa y efecto, las experiencias retadoras no son siempre los resultados negativos de causas negativas. Cuando vemos a un estudiante retado a más no poder con los exámenes que se presentan diariamente en los cursos de estudio, ¿nos preguntamos qué pudo hacer ocasionado eso tan terrible? No. Nos damos cuenta de que es con el fin de desarrollar y de hacer crecer al estudiante.

Considerando el reto de ceguedad en el caso de de Helen Keller: “¿Qué pudo haber causado una cosa tan trágica? ¿Quién pecó, esta mujer o sus padres?” No preguntamos de ese modo, porque vemos que las obras de Dios se han manifestado en ella. Comprendemos que ella ha logrado la importancia de su vida no a pesar de su ceguedad, sino realmente debido a ella. De algún modo, en el progreso del gran ser, lo que ella quiso desarrollar aparentemente no pudo haber sido logrado de ninguna otra manera.

Es bueno tratar de mejorarnos y de mejorar constantemente nuestro modo de pensar. Pero más importante que la razón por la cual las cosas han venido a nosotros es la cuestión de lo que vamos a hacer acerca de ellas, cómo obtenemos fortaleza y valor al levantarnos sobre ellas. “Este es el día que hizo Jehová; ¡nos gozaremos y alegraremos en él! (Salmo 118:24).