El amor de Dios hecho visible

por Bárbara Bergen

 

La Madre Teresa una vez se describió a sí misma como un lápiz en la mano de un Dios escritor. Siempre me ha gustado esa imagen, porque parece capturar muy bien la idea del amor de Dios expresándose a sí mismo. Todos somos lápices en la mano de un Dios escritor que envía cartas de amor al mundo.

Recordé esto recientemente cuando escuché que los maestros de una escuela superior del vecindario estaban recolectando fondos para comprar anteojos para un estudiante que no podía ver lo suficientemente bien como para leer textos. Lo recordé cuando un amigo me dijo que una iglesia del vecindario estaba buscando voluntarios para trabajar en un comedor para indigentes en la parte interior de la ciudad. La amabilidad es el amor de Dios en expresión.

La amabilidad nunca se va, pero parece que más personas se comportan así en la temporada navideña. Aunque siempre está presente y expresándose a sí misma, la luz del amor de Dios parece brillar más reluciente durante este tiempo. Eso ocurre quizás porque la celebración del nacimiento de Jesús nos dio permiso para ponernos en contacto con, y actuar desde, nuestra verdadera naturaleza. Como lo dijo Harlan Miller en Better Homes and Gardens: "Las luces de Navidad exteriores, verdes, rojas, doradas, azules y titilantes, me recuerdan que la mayoría de la gente es así durante todo el año —amable, generosa y amistosa. Pero la Navidad es la única época en la que se atreven a revelar quiénes son".

Nos referimos a esta explosión de generosidad por temporada como "el espíritu de la Navidad", porque aumenta y emerge precipitadamente durante los días de fiesta. Pero, sin importar la etiqueta, es el amor de Dios en nosotros —el cual encuentra expresión a través de nosotros— el que enciende nuestro gozo a medida que fluye en nosotros y deleita a quienes lo reciben. Podemos verlo en la cortesía de un vendedor, en el taxista que da paso a un vehículo, en el estudiante universitario que escudriña entre sus escasos recursos para donar un dólar en la cacerola de un campanero. Llega disfrazado de varias maneras, pero es aún el amor de Dios hecho visible.

Pensé sobre esto recientemente cuando encontré una vieja lámpara de Navidad para la chimenea en un apiñado espacio de almacén en mi sótano. La base tosca y el gran cilindro de cristal fueron empacados en diciembre pasado en una caja de cartón desgastada. Estaba cubierta de polvo, sucio y manchas de aceite, y tenía pedacitos de cera seca pegados en las esquinas inferiores. La limpié restregándola con agua y jabón, y la sequé hasta que relució. Más tarde esa noche, encendí una vela y la coloqué en la base hueca. La pequeña llama parpadeó y comenzó a desvanecerse, hasta que la protegí de las corrientes de aire con mi mano. La llama, que al principio resplandecía débilmente, se expandió hasta volverse fuerte y vibrante —una luz radiante que hizo retroceder a la oscuridad en la habitación.

Somos como lámparas de chimenea. Cuando actuamos de manera considerada, generosa y amorosamente, hacemos visible el amor de Dios. Le damos forma.

Cuando escuchamos villancicos familiares, sabemos que ya es tiempo —la amabilidad se pone de moda una vez más. El tintineo de los cascabeles de Navidad conmueve nuestros corazones. Podemos brillar, como lámparas de chimenea acabadas de limpiar, y ser fieles al amor interior. Y así, se dona dinero a obras benéficas, se mantienen las puertas abiertas para los compradores de Navidad, se envían tarjetas de Navidad a amigos que no vemos hace tiempo. Sonreímos, decimos "Feliz Navidad" y horneamos galletas para nuestros vecinos.

No importa si nuestras obras son grandes o pequeñas o si somos donantes primerizos o experimentados. Los actos amables generan bondad. Cada acción considerada da gozo al que dona y delita al que recibe. Cada rayo de bondad contribuye al faro del amor de Dios que le da brillo a nuestro planeta cada Navidad.

El invierno pasado, las tormentas de hielo en el noreste provocaron cortes de electricidad que afectaron a miles de hogares. En ese momento, un reportero de noticias fue entrevistado en el noticiario nocturno en Nueva Inglaterra. Estaba de pie en medio de una tormenta de nieve y vestía un abrigo de piel ceñido a su cuerpo. Mientras agarraba el micrófono, la cámara de video hizo un acercamiento de primer plano, y él reportó que los técnicos habían llegado de estados vecinos para reparar las líneas caídas. Dijo que había voluntarios locales luchando para atravesar cúmulos de nieve y condiciones meteorológicas difíciles para rescatar mascotas atrapadas en sus hogares. Y concluyó su reportaje diciendo: "La gente dice que nosotros en Nueva Inglaterra estamos desprovistos de potencia. Eso no es verdad. Tenemos poder —la potencia del interés humano ... el potencial de la amabilidad humana ... el poder de la compasión humana.

La potencia que describió el reportero de noticias es el poder del amor de Dios; una compasión tan imponente que tiene el poder de sanar, una luz que brilla tan reluciente que, en Navidad, le ponemos nombre.

Todos tendremos la oportunidad de sentir el gozo de esta temporada este año y sentir el toque del espíritu de la Navidad. Tendremos ocasiones para escoger responder con amor, ser una fuerza apacible en medio del estrés, ir por encima del prejuicio y ver lo mejor y lo máximo en los demás, y brindar perdón. Tendremos oportunidades para sonreírle a extraños, ofrecer ayuda, visitar confinados y dejarle saber a la gente sola que sí nos importan. Será nuestro turno de ser lámparas de chimenea.

La Navidad es la celebración del nacimiento del niño Cristo siglos atrás en un pequeño pesebre en una tierra lejana, pero el amor que encontró expresión en el regalo de Cristo continúa vivo. Es algo vivo, que crece, tan vivo hoy como lo estuvo siempre, y jugamos un papel importante para hacerlo visible.

Que las imágenes y sonidos de la Navidad nos pongan en contacto con nuestra verdadera naturaleza crística este año. Que seamos tocados por el espíritu de la Navidad. Que podamos reírnos y sonreír, recibir gozo y compartirlo con otros.