Despierta a la perfección de la vida

por Chaz Wesley

Si me dieran todas las páginas de esta revista, quizás tendría espacio para describir las emociones que sentí después de escuchar las palabras: “Tienes cáncer”. Otros cien volúmenes tal vez podrían contener los sentimientos que experimenté al oír: “También tienes esclerosis múltiple”. No hay manera de describir cómo las punciones lumbares, los tratamientos con esteroides y 49 píldoras al día afectan el cuerpo, o cómo la anemia severa y la depresión clínica afectan la mente. Podría relatar todo lo que estuvo mal, ¡mas qué historia más agotadora de contar!

En su lugar, permíteme compartir lo siguiente. Un día frío en el año 2000, estaba acostado en la cama, aburrido con mi único “trabajo”: observar el ventilador de techo girar. De mala gana, volteé para observar las gotas de lluvia que empapaban la tierra afuera de mi ventana. Algo que uno no necesita cuando enfrenta su mortalidad y está clínicamente deprimido es un día lluvioso.

Por más de un año, había estado repitiendo el mantra: “Estoy harto de estar harto de estar enfermo”. Luego, en un momento de claridad, mientras veía la lluvia a través de la ventana, me di cuenta de lo seguro que estaba de lo que no quería. ¡No quería el cáncer, ni la esclerosis múltiple, ni el agotamiento, ni la depresión, ni la lluvia!

Al dirigirme al baño con dificultad, di un traspiés e hice caer el estuche de los cosméticos de mi mamá (que por alguna razón yo había heredado después de su muerte por cáncer sólo semanas después de mi diagnóstico). Mientras recogía los cosméticos, levanté la cabeza y me miré en el espejo.

Noté la posición de lo que estaba detrás de mí. Todo se veía del lado contrario, lo que estaba a mi derecha se veía a mi izquierda, y viceversa. Al mirar mi rostro demacrado y mi expresión dolorosa, me di cuenta de que esto era el revés de todo lo que quería. Al recoger el delineador de ojos de mi mamá del suelo, inexplicablemente escribí en el espejo lo opuesto de lo que estaba viendo: “Como hijo del Altísimo, es natural para mí disfrutar de salud y bienestar”.

La cofundadora de Unity, Myrtle Fillmore, hizo una afirmación similar, la cual la sanó de tuberculosis. Sin embargo, para ese entonces, yo no sabía de Unity ni de la historia de la curación de Myrtle. Ni siquiera consideré que lo que había escrito era una afirmación. Sencillamente, me di cuenta de que mi realidad en ese momento no era la razón por la que estaba aquí o cómo quería vivir los días que me quedaran en este planeta.

Con esa declaración sencilla de Verdad, escrita con delineador en un espejo, llegué a comprender que mi experiencia era una respuesta a la historia vieja y trillada que había estado diciendo. Al enfocar la atención en mi enfermedad, contaba la historia una y otra vez —a toda persona al alcance de mi voz, a mí mismo y, por último, a cada célula de mi cuerpo. La fuente de mi agotamiento se hizo evidente, y comencé a comprender que una narrativa tan dañina como ésta no promovía mi bienestar.

Había creído en un mito —que mi enfermedad era mayor que la totalidad de mi ser. Ahora me había dado cuenta de que ésta no era una historia que valía la pena continuar. Mis enfermedades eran “incurables” sólo porque yo creía que lo eran. Mi habilidad para sanar yacía en saber que la curación era posible y en darle a mi cuerpo el permiso para hacerlo. En ese momento comprendí que mi energía fluía hacia donde ponía mi atención. Me di permiso para dejar de tratar de comprenderlo. Dejé ir los juicios llenos de ira y de luchar contra la enfermedad. Éstas eran formas de autocastigo que sólo me debilitaban más. Sencillamente, no tiene sentido luchar por lo que queremos, porque es en la lucha que el sufrimiento ocurre.

Había orado diligentemente por una cura para el cáncer y la esclerosis múltiple, sólo para darme cuenta de que una enfermedad no necesita cura. En su estado verdadero del ser, está completa, sin necesidad de remedio. Al dejar ir todo pensamiento de resistencia, dejé de trabajar en contra de la enfermedad y comencé a alinearme con mi perfección innata. A la larga, descubrí a Unity y me enteré de las afirmaciones de curación de Myrtle Fillmore. Durante esta última década, he tenido el honor de servir como capellán y ministro de música en Unity School of Christianity en Tulsa, Oklahoma. Hace como un año, me retiré del trabajo parroquial y ahora tengo una práctica privada como asesor transformacional.

Tengo la certeza de que antiguos congregantes y muchos amigos dirían: “Nunca te oí hablar de tu enfermedad”. A lo cual respondería: “¡Qué bueno! Entonces he continuado contando sólo la historia de la Verdad.”

Rara vez me refiero a mi experiencia como una jornada de curación. Para mí fue más bien un despertar. No fue un fin instantáneo de mi enfermedad; fue el fin de buscar ser sanado. Sencillamente, permití que mi derecho de bienestar asumiera el lugar que le correspondía. Desde que me miré en el espejo ese día lluvioso hace trece años y escribí la historia de Verdad en la cara del hombre moribundo que me miraba, ¡he sido bendecido, despertando cada día a la Presencia de lo Sagrado y a la perfección de la vida!


Reconocido como orador y facilitador edificante, ministro ordenado interfé, autor y columnista, el Rev. Chaz Wesley es asesor transformacional y de la aflicción en Tulsa, Oklahoma.