Cuidar al cuidador

por Katherine Qua Hill

 

Mi difunta tía Kay sabía que estaba perdiendo sus facultades mentales, especialmente cuando comenzó a repetir cosas sin sentido. Fue entonces cuando también me di cuenta de ello.

Kay vivía en Texas y yo en New Hampshire. Cuando la visitaba, ella y yo viajábamos por todo Corpus Christi hasta las costas de la Isla del Padre. En cada ocasión, ella señalaba los delicados caracoles morados en las algas de Saragossa. Siempre atesoraré esos momentos.

Es muy doloroso perder a alguien que amamos, especialmente cuando la capacidad mental desaparece, quedando solo la presencia física. Experimentar distintas emociones es normal y natural durante esa experiencia: el dolor, el resentimiento, la ira y la preocupación son solo algunas de las que mi familia experimentó. A través de la experiencia de cuidar a mi tía, aprendimos muchas cosas. La primera fue que los dadores de cuidado necesitan cuidarse a sí mismos.

¿Cómo puede un dador de cuidado obtener ayuda?

• Acércate a otros, incluidos familiares y amigos, o incluso voluntarios que pueden intervenir cuando necesites un descanso.

• Cuídate a ti mismo para poder, a tu vez, cuidar a los demás; es decir, dormir, llevar una dieta adecuada, hacer ejercicio para mantener la salud física, orar para mantener la salud espiritual.

• Recompénsate con algunos gustos como un baño caliente, comida reconfortante, estar a solas, un paseo por la naturaleza, música sosegadora, etc.

• Por último, no tienes que hacerlo todo tú mismo. No puedes; es imposible. Lo más importante, recuerda que no estás solo.


Katherine Qua Hill trabaja en un centro de cuidados especializado. Ella vive con su esposo y sus dos gatos en Carolina del Norte.

Este artículo apareció en la edición de Mayo-Junio del 2018 de La Palabra Diaria.