Consagración cuaresmal

Consagración cuaresmal
por Clara May Rowland

 

Durante la temporada de Cuaresma, las personas se esfuerzan por ser mejores cristianos. Entonces, no hemos dee verla como una época restrictiva o triste de ayuno y oración, sino como una experiencia espiritual de gran significado para nosotros si entramos en su observancia con el espíritu correcto.

El propósito principal de la Cuaresma es prepararnos mental, física y espiritualmente para un nuevo despertar; para resucitarnos de los viejos estados de conciencia hacia una nueva realización de la vida; y permitirnos consagrarnos y dedicarnos a la voluntad y la obra de Jesucristo. Gracias a nuestro despertar espiritual, encontramos vida y salud renovadas, una liberación gozosa de las cargas y, lo mejor de todo, paz mental.

Nuestra preparación consiste, ante todo, en una evaluación cuidadosa, impersonal y honesta de nuestros hábitos de pensamiento, para ver cómo podemos mejorarlos. En su inicio, los cristianos penitentes abordaron la Cuaresma reconociendo sus pecados y entrando en un período de penitencia pública. Hoy sabemos que podemos encontrar la liberación del error, y de los efectos del pensamiento erróneo pasado, pidiendo y aceptando el perdón de Jesucristo, uniendo nuestra mente y corazón con la mente de Cristo para que sus ideas divinas puedan hacerse cargo de nuestros pensamientos y guiarlos por canales constructivos.

El ayuno siempre ha sido una parte importante de la Cuaresma. En muchas de las iglesias se les pide a los miembros que se abstengan de ciertos alimentos, que se abstengan de asistir a fiestas y entretenimientos, y varias otras formas de practicar la abnegación.

La renuncia a lo indeseable y la realización de lo bueno y lo verdadero es un factor importante en la superación espiritual. Cada uno de nosotros tiene hábitos que necesitan ser corregidos, hábitos de pensar y sentir, hábitos de comer, hablar y actuar que deben ser abandonados, reemplazados por unos mejores.

Cuando decidimos cambiar un mal hábito por uno bueno, no estamos perdiendo nada. Estamos ganando. No estamos renunciando a las cosas buenas de la vida. De hecho, nunca renunciamos a algo que no es digno de nosotros sin hacer de inmediato espacio en nuestra mente, corazón y vida para algo mucho mejor.

Si a una persona le gustan los chismes, decir cosas feas y criticar, y mantiene una actitud engañosa o deshonesta en sus relaciones, renunciar a tales prácticas es seguramente algo muy bueno.

En metafísica, practicamos diariamente la renunciación mediante el uso de negaciones y afirmaciones. Negamos lo que no deseamos en nuestra vida y afirmamos o reclamamos lo que sí deseamos.

Deseo que la Cuaresma sea para ti un tiempo de autodisciplina. Si has estado comiendo demasiado, practica refrenar tu apetito, primero a través de la oración, por supuesto. Si tienes mal genio, ahora es el momento de frenar tu impulso de "volar fuera de control". Si tiendes a regañar, a criticar y encontrar faltas, haz un pacto contigo mismo para dejar el hábito y mejorar tu disposición.

Las iglesias hablan de la disciplina de la vista, la disciplina del oído y la disciplina de la lengua, es decir, la conducta de estas facultades. Aquí hay una oración que nos ayudará a observar estas cosas:

Gracias al Espíritu de verdad en mí, conozco, veo, escucho y hablo solo la Verdad.

Durante la Cuaresma, consagremos nuestros ojos, nuestros oídos y nuestras lenguas a la Verdad. Si hemos observado mal, si hemos estado viendo con el ojo "doble", determinemos ver la Verdad. Si hemos estado escuchando cuentos ociosos, chismes y críticas de otros, comencemos a escuchar solo la Verdad, solo aquello que es constructivo y edificante. Si hemos estado hablando despectivamente de nuestros vecinos y compañeros de trabajo, si hemos hablado de enfermedad, pobreza y falta de armonía, y hemos pensado en estas como realidades, comencemos a hablar la Verdad.

Gracias al Espíritu de verdad en nosotros, gozamos de sabiduría y entendimiento. No tenemos dudas. No decimos: "No sé, no entiendo". Lo sabemos. Nosotros entendemos, contemplamos la perfección en todos, y vemos a todos como hijos de Dios radiantes, gloriosos, hermosos, libres, sin restricciones, sin ataduras, triunfantes, que salen victoriosos de cada prueba.

Gracias al Espíritu de verdad en nosotros, escuchamos las buenas nuevas del bien. Oímos de personas sanadas, personas prosperadas. Escuchamos el mensaje que Dios nos ha dado, porque nuestros oídos ya no quieren escuchar cosas feas. Escuchamos música celestial y nos sentimos en armonía con ella, porque nuestros oídos están sintonizados para escuchar una melodía infinita.

Gracias al Espíritu de verdad en nosotros, podemos hablar la palabra que produce salud, felicidad y prosperidad. No prestamos nuestra lengua a la negación, a la crítica ni a la búsqueda de fallos. Hablamos palabras de Verdad, el mensaje de Jesucristo.

Jesús dijo: "Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame". Neguemos los alegatos humanos, superemos las tristezas y defectos, y sigamos al Cristo.

No podemos lograr esto por medio de la voluntad personal, mas siempre contamos con la ayuda del Espíritu de verdad en nosotros. Durante la temporada de Cuaresma, prestemos atención al deseo en nuestros corazones de expandir nuestra naturaleza espiritual a través de la oración. Hay multitudes que oran, igual que tú y yo. Existe un gran impulso espiritual en todos nosotros para crecer, para elevarnos a mayores alturas, para demostrar nuestra supremacía espiritual. El poder del Espíritu de verdad que obra en nosotros nos respaldará en nuestro deseo de demostrar que somos verdaderamente hijos de Dios.