Cartas de amor a Dios

Cartas de amor a Dios
el Dr. William F. Haynes, Jr.

Artículo de La Palabra Diaria

Ahora, al mirar en retrospectiva, veo que el amor y la guía de Dios estuvieron siempre presentes en mi vida, aun en mis primeros años. Tuve la suerte de tener padres que me apoyaron a cada paso del camino.

Tenía doce años cuando mi padre murió de una dolencia hepática crónica. Murió en casa después de haber estado enfermo por varias semanas. Ver a este hombre que era tan atlético y saludable consumirse ante mis ojos me devastó. Esta pérdida dejó a mi madre, maestra de escuela, sola y con un sueldo muy pequeño. Yo no tenía hermanos ni hermanas.

Mi mamá y yo leímos La Palabra Diaria juntos cada mañana durante el desayuno hasta que me enlisté en el ejército a los diecisiete años. A la larga, el servicio militar me llevó a la universidad, a la escuela de medicina, a estudios de posgrado, más tiempo en el ejército —esta vez como médico naval— y, finalmente, a la vida de casado y a ejercer como médico.

Durante esta cadena de acontecimientos siempre me mantuve en contacto con mi madre, bien fuera por correo, teléfono o visitas los fines de semana o los días de fiesta. Cada uno tenía su Palabra Diaria y compartíamos los mensajes cuando estábamos juntos. De esa devoción diaria aprendimos el poder de la oración afirmativa, la cual es dar gracias a Dios por cosas todavía no vistas o acontecimientos aún no experimentados.

Mi mamá no solamente utilizaba las oraciones afirmativas en su vida cotidiana, sino que iba un paso más allá y las escribía en forma de cartas a Dios. Después de escribir la oración, la firmaba con su nombre, la colocaba en un sobre con la fecha, lo sellaba y ponía la carta en el fondo de la última gaveta de su escritorio o la metía en la Biblia. En otras palabras, se la entregaba a Dios.

Estas cartas en realidad eran afirmaciones —oraciones que daban gracias a Dios por Su respuesta perfecta a retos en el trabajo, en la casa o a necesidades financieras, aun antes de que la respuesta se manifestara. Ella entregaba su vida a Dios, confiaba en Su gracia todo proveedora y reconocía sus bendiciones con diario agradecimiento.

Cuando su carrera en la docencia estaba por terminar, mi madre sufrió de pequeñas embolias transitorias que hacían que se cayera de repente. Ella se paraba y sonreía, no dándole importancia y diciendo que debió haberse tropezado con algo. Durante ese tiempo ella vivía a cincuenta millas de mi casa, así que ella oraba para poder vender la suya y mudarse cerca de nosotros. Pronto, sus oraciones fueron contestadas y se mudó al lado nuestro. Su amado nieto de tres años, Billy, la visitaba diariamente.

Pocos años después mi mamá falleció. Su vida había sido una serie de éxitos como maestra y escritora; logrando un posgrado y un ascenso escolar de maestra de primer grado a supervisora de escuela elemental. Virtualmente cada paso del camino había sido entregado a Dios por medio de una carta.

Una vez que la oración estaba entre las páginas de la Biblia, ella dejaba ir y confiaba en que Dios oiría sus oraciones y respondería de acuerdo a Su sabiduría. Cada carta era un acto de fe. Como dice en Hebreos: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Heb. 11:1).

Muchos años después de la muerte de mi madre, tomé su Biblia familiar grande, vieja y pesada, y varias cartas cayeron al suelo. Habían sido escritas en los años 40, 50 y 60. Para mi gozo, cada oración había sido contestada como ella lo esperaba o mejor.

Yo también he escrito cartas, durante los últimos años, las he sellado y fechado, y luego, quizás meses o años después, las he abierto. Mis oraciones también han sido contestadas. Muchas veces las respuestas de Dios diferían de mis deseos, pero cuando examiné la situación después de un tiempo, me di cuenta de que Sus respuestas eran mejores que mis deseos.

 

Ahora retirado de la práctica de la medicina, el Dr. Williams F. Haynes, Jr. continúa escribiendo, enseñando y dando conferencias en organizaciones médicas, religiosas y comunitarias. Este artículo fue adaptado de una historia que apareció en “A Physician’s Witness to the Power of Shared Prayer”, publicado por Loyola University Press.