por Kat Carney
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Oración afirmativa.
Reimpreso del artículo de La Palabra Diaria del mayo del 2002
A finales de mi primer año en la universidad, yo llevaba a tres chicas de regreso a clases en mi automóvil. Justo en el momento en que pasábamos por un puente, la parte trasera del auto patinó. El auto pareció flotar en el aire y luego rebotó contra un lado del puente.
Comencé a orar: "¡Dios, he perdido control, y si quieres que yo salga viva de esto vas a tener que ayudarme!" Solté el volante y los pedales. El auto ya había patinado por todo el puente cubierto de hielo y se detuvo. Ni yo ni mis amigas sufrimos daños. De hecho, sentí como si me hubiesen dado una segunda oportunidad en la vida, pero en ese momento no supe qué hacer con esa oportunidad.
Tanto como puedo recordar, he tenido problemas de sobrepeso y de colesterol. Todo el mundo pensó que mi gordura de bebé desaparecería con los años, y continué comiendo papas fritas, dulces y otras comidas de alto valor calórico. Mis padres no comían chucherías ni me alentaban a comerlas, pero siempre conseguí un modo de obtenerlas y consumirlas en cantidad.
Comencé a tomar clases de actuación en la universidad y cuando me gradué me mudé a Nueva York y mi carrera como actriz comenzó a tener éxito. Ni mi agente ni nadie me alentaron a perder peso. Pude conseguir trabajo en comerciales de televisión porque me parecía a una anfitriona de televisión que tenía dificultades con su peso. Sin darme cuenta de que al ser obesa ponía mi salud en peligro, llegué a la conclusión de que tenía que seguir gorda para poder trabajar.
Desperté a la dura realidad cuando traté de triunfar en Los Ángeles y los agentes allí comentaron sobre lo pesada que yo estaba, entonces regresé a Nueva York. En esos días me di cuenta de que vellos crecían en mi cara y que mi cabello disminuía. Me sentía deprimida, aumenté más de peso (pesaba como 240 libras) y comencé a tener dolores de cabeza.
Cuando regresé a Los Ángeles para tratar de nuevo, mis problemas de salud se hicieron más evidentes. Mi preocupación me motivó a hacer una cita con un doctor y fui diagnosticada con síndrome ovárico poliquístico. Traté de conseguir en mi alma las causas de mis problemas. Sabía que yo no me había causado los quistes ováricos, pero obviamente había hecho cosas que no promovían mi salud.
Ahora estaba lista para hacer algo con esa segunda oportunidad en la vida que Dios me dio años atrás. Aunque no podía darme el lujo, dejé de trabajar por un año y me concentré en recuperar mi salud. Recordé un pasaje de la Biblia sobre la fe: "No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven, pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas" (2 Co. 4:18). Supe que tenía que centrarme en mi espiritualidad y acudir a Dios por ayuda.
Oré: "¡Dios, ayúdame a perder peso!" De repente, sentí que mi oración era respondida. Fue como si Dios me dijera: "Bueno, hagamos un trato: Si comes adecuadamente y haces ejercicios regularmente, te garantizo que bajarás de peso".
Comprendí que no podía tener mejor garantía que la que Dios me ofrecía. En vista de que comprendo bien asuntos de contratos por lo que he aprendido como actriz, decidí mantener mi palabra y cumplir el contrato, y tuve fe en que Dios también lo cumpliría. Comía vegetales frescos y carne con poca grasa, y tomaba suficientes vasos de agua. Hacía ejercicios en el gimnasio a las 5:30 de la mañana y a las 5:30 de la tarde. Dejé de consumir azúcar y carbohidratos refinados. Conseguí información que me sirvió de ayuda en Internet y aprendí sobre la importancia de las vitaminas y nutrientes vegetales. También leía las etiquetas de todo lo que comía antes de comer. Perdí 90 libras en 14 meses.
Los agentes y anunciantes en Nueva York no se alegraron con mi pérdida de peso. No me contrataron más para hacer comerciales. Pensé: Dios, no me has traído tan lejos para abandonarme. Quizás debo regresar a Los Ángeles.
Hice mis maletas y le dije a mi compañera de cuarto que regresaría en un mes. De inmediato comencé a recibir llamadas de gente que se había enterado de mi pérdida de peso. Me entrevistaron para ser la anfitriona de un programa de televisión sobre aptitud física y salud, y aunque no obtuve el puesto, me contrataron como corresponsal del programa. Luego me ofrecieron veintiséis episodios del programa de televisión Vacation Living (Vida en vacaciones).
Un mes después de esa oferta, recibí una llamada del productor del programa Richard Simmons' Dream Maker. Richard era uno de mis héroes por su dedicación a ayudar a personas a perder peso.
No me emocionó tanto el conseguir el trabajo como el conocer personalmente a Richard Simmons. Oí su voz desde la otra sala, una voz que había inspirado a muchos. Tan pronto como entré en su oficina, le di un abrazo. Conversamos por un rato y luego me dijo: "Estás contratada".
Mi trabajo era hacer posible el sueño de algunas personas, por ejemplo, acompañé a una mujer al Gran Cañón; ella se estaba quedando sin vista y su sueño era ver el Cañón antes de quedar ciega. En otra oportunidad, le llevé un traje especial que le donaron a una niña que sufría de alergia a la luz, para que pudiera salir a la luz del sol por primera vez.
Mi vida es nueva y diferente desde que perdí peso y mi salud también ha mejorado. Las mujeres con quistes ováricos están muy propensas a sufrir del corazón, de endometriosis y de diabetes. Aunque los doctores dicen que no hay cura para el síndrome poliquístico de los ovarios, ya no tengo que tomar medicinas. Mis síntomas regresan si me pongo a comer golosinas, lo que me causa estrés. Pero al recordar mi contrato con Dios, vuelvo de nuevo a mi rutina. Como correctamente y hago ejercicios.
Dios me ha dado una segunda oportunidad en la vida y hago lo que puedo para mostrarle a Dios mi aprecio. |